La Vuelta al Mundo en la Numancia

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El 8 de Enero del 65 salió la Numancia de Cartagena para Cádiz, llevando a bordo una Comisión de primates de la Marina, que debía informar de las condiciones de la fragata. Toda la travesía fue una serie de probaturas. Dócilmente obedecía la nave, haciendo todo lo que se le mandaba, y vieron y apreciaron los señores su andar a máquina, variando el número de calderas encendidas y los grados de expansión, y el tiempo que tardaba en dar una vuelta en redondo. Probose asimismo el andar a la vela, desplegando en los mástiles la enorme superficie de lona. Era un encanto ver cómo el coloso, sensible a las caricias del viento, hacía sus viradas por avante y en redondo con suprema elegancia y precisión.

Reventaba de gozo Ansúrez viendo estas pruebas, singularmente las de maniobras de vela, que eran su fuerte y su orgullo. En ellas ponía su brío y ardimiento, expresados por su potente voz; ponía también su corazón, pues solo ya en el mundo, privado de todos los amores que embellecen la vida, había encontrado en la fragata un amor nuevo que le salvaba de la tristeza y sequedad anímicas. En pocos días se encendió en él la llama de aquel cariño nuevo: la fragata era su hija, su esposa y su madre, y en ella veía el lazo espiritual que al mundo le ligaba. La Numancia, personalizada en la mente del Oficial de mar, era el conjunto de todas las maravillas de la ciencia y del arte; un ser vivo, poderoso, bisexual, a un tiempo guerrero y coquetón. La bravura y la gracia componían su naturaleza sintética. No cesaba de alabar sus múltiples atractivos, y ya decía «¡qué valiente!» ya «¡qué elegante!».

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