La Vuelta al Mundo en la Numancia

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La terrible impresión de esta noticia no hizo estallar al buen Ansúrez en bravatas y denuestos sacrílegos. La recibió como una maldición de Dios, y su dolor tomó forma semejante a las sublimes quejas del santo patriarca Job. Creyó que Dios lanzaba sobre su cabeza rayos de ira, que debía revolcarse en un muladar, y convertirse en ceniza o polvo miserable. Rompió a llorar como un niño. Ni Pinel ni otros amigos pudieron consolarle.

¿Pero cómo.? ¿Cuándo.? A estas interrogaciones ansiosas fueron contestando los amigos con discreta lentitud. Lleváronle a la correduría, y con él se encerraron. Así evitaban el tener que contarle cosas tan delicadas en medio de la calle. ¿Pero cómo.? ¿Cuándo.? Pues la escapatoria fue la misma noche de la partida de Ansúrez a Mazarrón. Ninguno de los amigos podía explicarse que habiendo embarcado el ladrón en el vapor sardo, volviese a Cartagena tan pronto. O no eran ciertas las noticias dadas por el práctico, o el americano tomó tierra en alguna playa o puertecillo de la costa. Lo indudable, y esto se supo por una muchacha que en la casa servía cuando Mara volvió del convento, era que los amores de Belisario con la señorita databan de fecha relativamente larga. Cuando Ansúrez le socorrió en Alicante, ya había logrado el americano que sus amorosas esquelas llegaran a la colegiala de las Ursulinas. Restituida la niña a su casa, continuó la correspondencia, que era por una y otra parte de lo más arrebatado y fogoso, a juzgar por una carta que, después de la evasión, encontraron en el neceser de Mara; papel que esta se olvidó de quemar, como había hecho con otros. También era indudable que en Octubre, antes de la violenta escena en la correduría, estuvo el gavilán en Cartagena; los amantes se veían y charloteaban, asomada ella a una ventana que da al callejón del Cristo, él en la calle, arrimado a un doblez obscuro de la pared.

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