La Vuelta al Mundo en la Numancia

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No entraba fácilmente en el ánimo del celtíbero la explicación casuística que de su conducta daba el pobre Binondo. No era mala filosofía la de casar a las hijas a gusto de ellas antes que se murieran de desconsuelo de matrimonio; pero este humanitario principio debía cada cual aplicarlo a su familia, no a las ajenas. Estas y otras objeciones a las ideas de Binondo se le ocurrían; pero viendo mojado de lágrimas el rostro chato y verde, se encerró en un buen callar: era impertinente ponerse a discutir con un moribundo, y turbar su conciencia con acusaciones y distingos. Quedárase cada cual con su tema, y Dios juzgaría con suprema equidad. Apagando más su voz, Binondo le dijo: «Vuelve por aquí cuando estés franco, y te lo explicaré mejor. Me darás la razón, Diego, cuando te cuente el paso. y sepas estos y aquellos pormenores».

Prometiéndole volver, Ansúrez se despidió muy afectuoso. El Cabo de mar le retuvo, cogiéndole de la mano para preguntarle dónde estaban y a qué punto de su derrota había llegado la fragata. «Estamos en la bahía de Posesión -contestó Ansúrez-, ya dentro del Estrecho de Magallanes, a los 52 grados de latitud Sur. Como en este maldito canal tira la marea lo menos, lo menos, tres millas por hora, hemos de ir mañana en busca de mejor fondeadero. Y a todas estas, no parece el Marqués, que nos trae el carbón; y como no venga, lucidos estamos. El Estrecho es todo angosturas, vueltas, esquinas y canalizos. Métase usted a la vela en este laberinto, y podrá decir cuándo entra, pero no cuándo sale. ¡Y con barcos de este calado, válgame la Virgen.! Para desembocar sin tropiezo en el Pacífico, hemos de zafarnos de este callejón con buenas estrepadas de hélice».

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