La Vuelta al Mundo en la Numancia

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¡Albricias, llegó el Marqués de la Victoria!. Saludada con gran festejo fue su presencia en Puerto del Hambre. ¡Volvían los compañeros perdidos en el Océano! ¡La fragata tenía ya carbón para proseguir su viaje!. Sin tardanza, fondeado el caballero sirviente a estribor de la dama, se procedió a meter el combustible en las carboneras de esta. Todo el domingo, que era Pascua de Resurrección, se empleó en esta faena, sólo interrumpida en la hora de la Misa y lectura de Ordenanzas después del Oficio. Don José Moirón despachó la Misa con prontitud, y el sermón militar de las obligaciones del soldado fue también muy breve. Todo el tiempo era poco para trasbordar el combustible. La Oficialidad de ambos buques, no teniendo nada que hacer a bordo, realizó su expedición al río San Juan, sin ver nada de interés, ni hombres ni animales. Los salvajes no parecían. La Naturaleza misma se recluía tierra adentro, avara de sus tesoros de fauna y flora, si algunos tenía. Volvieron los españoles a los barcos con el alma a los pies, desengañados de toda pasión geográfica y exploratriz, y pasaron el tiempo de estadía en el Puerto del Hambre, desmintiendo este lúgubre nombre con los buenos víveres que una y otra nave traían. Los días acortaban ya tristemente, como días vecinos al polo en aquella estación, que era el otoño austral. A las cuatro de la tarde se iniciaba el crepúsculo, anunciando ya las prolongadas noches invernales. Espesa penumbra caía sobre la tierra; el cielo tomaba un tono plomizo: cielo y tierra se vestían de un luto angustioso que avivaba en los corazones el amor y el recuerdo de la patria lejana, radicante en la más risueña porción del globo.

Partió la fragata el 19 de Abril, despidiéndose con fraternal emoción de su caballero sirviente, que a Montevideo se volvía. La nave acorazada emprendió sola su marcha por aquellos canalizos y desfiladeros, lo que fue temeridad grande; mas para tal empeño bastaba el esforzado corazón del soldado de mar que la mandaba. Día claro y sereno favoreció el paso de la Numancia frente al morro de Santa Águeda, donde el paisaje tomó las formas más imponentes y majestuosas. En aquel punto humillan los Andes sus moles ante la mordedura del mar, que las socava y desmorona. Por estribor veían los españoles, a lo lejos, el grandioso espectáculo de las cimas nevadas; de cerca, los cantiles abruptos, las masas rocosas cortadas como a pico, hurañas y resecas, con vagos toques de vegetación en algunas encañadas; por babor veían la Tierra del Fuego, merecedora de tal nombre si se le añadiera el calificativo de apagado. Era como un volcán, como un avispero de cráteres fríos, vestigio y estampa de los más terribles cataclismos geológicos. La vista de aquellas extrañas formaciones causaba espanto, sugiriendo la idea de un planeta muerto, perdido en los espacios siderales. Para que pudiera participar de la admiración general, sacaron de su camarote al Segundo, don Juan Bautista Antequera, obligado a quietud por la soldadura de la pierna, y muy bien acomodado en una colchoneta, le subieron al Alcázar.

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