La Vuelta al Mundo en la Numancia

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El interesante episodio referido por Binondo inmergió al Oficial de mar en mayores cavilaciones y tristezas. Sus sentimientos, agitados por pavorosa crisis, no sabían si estacionarse en el amor o en el odio. Sólo sus obligaciones rudas le distraían en estos internos afanes. El 28 por la mañana recaló la fragata en Valparaíso, y aproximándose al puerto, paró y se puso al habla con el Comandante de la goleta Vencedora. ¡Qué placer y qué descanso recibir noticias frescas, fidedignas! Los de la Numancia oyeron confirmar la buena nueva de que nuestro Gobierno había concertado un arreglo con el Perú. La escuadra, al mando del Almirante Pareja, estaba en el Callao. Hacia el Callao hizo rumbo la Numancia sin perder horas, navegando con cuatro calderas encendidas y ayuda del velamen. Serena mar y viento Norte fresquecito facilitaron aquella etapa, por todos estilos venturosa. En temperatura iban ganando de día en día; la salud era excelente a bordo, y todos vivían en espera de sucesos pacíficos más que guerreros, aunque no faltaba quien se apenase de que no sobreviniesen hostilidades duras, que en la profesión militar nada repugna tanto a los corazones enteros como la ociosidad.

Aunque se reponía bajo la acción de la subida temperatura, Binondo no recobraba por entero su vigor y aptitud para el trabajo. O era que se hacía el remolón para que le dieran mimo y le llenaran la pandorga, dejándole las horas muertas sentadito al sol, o a la sombra cuando el sol picaba más de la cuenta. En este periodo avanzado de su convalecencia, se hizo el hombre muy rezador: andaba siempre con el rosario entre las manos, y en sus pláticas con los compañeros, a estos recomendaba que tuviesen el alma preparada para un buen morir, pues en las dudas de paz o guerra, nadie podía decir «a tal hora viviré».

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