La Vuelta al Mundo en la Numancia

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Ansiosos de admirar la ciudad de Lima, que en todas las imaginaciones españolas se representaba con formas y colores de un seductor romanticismo, iban a tierra oficiales y guardias marinas en correctísima y elegante apostura, con pantalón blanco, indumentaria impuesta por los 12 grados de latitud Sur. Del muelle corrían en grupos alegres a la estación, y media hora después divagaban por las calles y plazas de Lima. Esparciendo con avidez sus ojos de una parte a otra, aplicaban su observación a cosas y personas, juzgándolo todo con juvenil calor, así en el elogio como en la censura. Tras las abstinencias y soledades de la navegación, anhelaban la vida social, el trato y compañía de señoras discretas, finas y hermosas, de mujeres, en fin, sin reparar en su clase y condición. Por desgracia, encontraban retraída la sociedad. Las clases opulentas, así como las mediocres, se recluían en sus casas por estímulo de la gazmoñería política, no menos adusta que la religiosa. La cordialidad y el agasajo entre naturales y forasteros no existían en aquellos días de incertidumbre y desconfianza; días turbados, además, por interna enfermedad revolucionaria.

Los Oficiales españoles recorrían con actividad un poco melancólica la Ciudad de los Reyes. La sombra de Pizarro les acompañaba; las remembranzas de la patria salían a recibirles en las fachadas de los edificios de la época vice-real. A cada instante surgía la Anagnórisis, o sea el descubrimiento y declaración de parentesco. Anagnórisis era el gozo con que los españoles contemplaban el barroquismo amable, risueño, consanguíneo, de la Catedral fundada por el conquistador.

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