Explore "La Vuelta al Mundo en la Numancia" by Benito Pérez Galdós on Textopian. Read with annotations and highlights.
El Chorrillo, la pintoresca playa que al Sur del Callao se extiende, era lugar de recreo y descanso para la sociedad limeña. Allí concurrían ricos y semi-ricos, pobres y semi-pobres en busca del trato expansivo y ameno, de la fresca brisa, de la vida placentera, factor principal de la vida saludable. En aquel campo de la ociosidad, donde crecían lozanas la paz, la higiene, la cortesía graciosa y alegre, no podía faltar la planta viciosa y viciada del juego. Formidables timbas actuaban en garitos elegantes, donde la juventud florida y la vejez verde exponían inmensos caudales de oro a la fatalidad del azar. Allí las fortunas improvisadas con la venta y embarque del guano, pasaban en horas al bolsón de los banqueros del envite. Como en aquel tiempo la riqueza principal del Perú procedía de los yacimientos de las Chinchillas, podía decirse que en las mesas de juego del Chorrillo pasaba de unas manos a otras lo que las aves oceánicas habían depositado durante siglos y siglos. Allí dejó cuanto tenía, y hasta las plumas del tricornio, un altísimo personaje de aquel tiempo, culminante figura militar, política y revolucionaria, que ni en las postrimerías de su edad achacosa pudo curarse del funesto vicio. Los años y su jerarquía social dábanle derecho a una sinceridad chistosa. Cuando le agraciaba la suerte, decía: «hoy he ganado yo». Cuando venía la mala: «hoy ha perdido el Perú».
En ocasiones diferentes obtuvo Fenelón permiso de dos o tres días, que se pasaba tranquilamente en el Chorrillo gozando de aquella excitante vida. Vestido con elegancia y hablando francés, mariposeaba en diferentes casas y familias, sin que nadie sospechara que estaba al servicio de la Marina española. Por vanidad tanto como por vicio dejábase caer en la timba, donde era comúnmente desplumado. Un día que le sonrió la fortuna, se fue a Lima, y en la mejor fotografía de la ciudad compró una colección de retratos de mujeres, que era el más variado y sugestivo muestrario de las hermosuras limeñas. Debe advertirse que en Lima las señoras y señoritas gustaban de ostentar públicamente su belleza en las vitrinas de los fotógrafos. Esta liberal costumbre, que debieran imitar las beldades de otros países, no tenía nada de particular. Lo insólito y raro era que los fotógrafos vendiesen al público los retratos de todo el mujerío de la ciudad, y que nadie se ofendiese por esto. Nuestros Oficiales y Guardias marinas, privados del trato y contemplación viva del bello sexo, se consolaban adquiriendo las preciosas imágenes. Algunos hacían entre sí cambalaches de ellas, y a fuerza de contemplarlas y de discutir y comparar los diferentes tipos de belleza, llegaban a darles personalidad y aun a ponerles nombres: María, Carmen, Gracia, Lolita, etc.