La Vuelta al Mundo en la Numancia

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Las revoluciones americanas se parecían a las nuestras como una castaña nueva a una castaña pilonga. Sus incidentes y desarrollo, su desenlace infeliz o venturoso, eran casi siempre los mismos; sus héroes, ya coronados del éxito, ya hundidos en la derrota, llevaban en su conducta y lenguaje los propios caracteres. Resulta, pues, para nosotros el relato de la revolución peruana en 1865 como un amaneramiento histórico. Clío se ve obligada a contar, con formas gastadísimas, sucesos ya conocidos por su lamentable repetición. Será preciso referir con trazo nervioso y rápido los acontecimientos que arrojaron de la Presidencia al General Pezet, para poner en su lugar al General Canseco. Fuera de la escaramuza naval en aguas de Pisco, la revolución no presentó ninguna originalidad, ni dejó de amoldarse a los precedentes que para uso de los pueblos ibéricos archiva la Historia de esta Península.

Mientras los dos caudillos se iban acercando con parsimonia, y alzaban las cortadoras espadas queriendo renovar la pelea entre don Quijote y el Vizcaíno, los pueblos se amotinaban aprovechando la debilidad de las guarniciones y el desequilibrio de aquellas autoridades tambaleantes, que tenían un pie en la legalidad y pie y medio en la rebeldía. La República chilena, interesada en celebrar con el Perú pacto de odio contra España, atizaba candela en favor de Canseco, y valiéndose de hábiles agentes, laboraba en la capital y en su puerto, así como en las ciudades del Norte. Lima era un campo de continuos desórdenes, y en el Callao saltó un motín seguido de saqueo, que fue la página más movida de aquel drama de escaso interés.

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