La Vuelta al Mundo en la Numancia

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El cabo de cañón Ansótegui y los dos fogoneros se sostenían en los medios de sufrimiento, con esperanza de mejorar en cuanto llegaran a un país bien surtido de limones y naranjas. Era el viaje de una lentitud desesperante, por lo apacible del viento y el poco tirar de la corriente. La Numancia con todo su aparejo al aire no daba más de cuatro o cinco millas por hora. Como arreciara el mal escorbútico en los otros barcos, se les dio orden de abandonar la navegación en conserva, adelantándose cada cual todo lo que pudiese. Berenguela y Vencedora y los transportes se perdieron de vista; quedó sola la blindada, arrastrándose como podía por las aguas quietas, con sus tripulantes medio muertos de inanición y de quietismo tedioso. Lentos, monorrítmicos, transcurrieron días de Mayo, días de Junio. El tiempo navegaba por las aguas dormidas de la laguna Estigia. Y los hombres, como atontadas moscas, caían del aburrimiento a la enfermedad, unos con síntomas de escorbuto, otros de fiebre maligna, no pocos atacados de mal desconocido, cuyo síntoma visible era la mortal tristeza. En la enfermería no cabían ya tantos hombres. Era un dolor verlos caer y humillarse a la pereza, y requerir el olvido de lo que fueron.

El mismo Sacristá, fuerte como un roble, sucumbió a un acerbo quebranto y dolor de sus cansados huesos; otros estaban como atacados de locura: padecían el terror del escorbuto, y apretaban los dientes creyendo que se les caían. Los fumadores sufrían el aplanamiento agudo de la privación de tabaco. Oficiales y Guardias marinas desaparecieron del servicio y vivían confinados en sus camarotes, pidiendo limonadas que no se les podían dar. Había pescadores maniáticos que se pasaban el día y la noche en la borda, echando al mar aparejos que no enganchaban bicho viviente. Maniáticos había de ver tierra, que en cada nube del horizonte señalaban montañas, volcanes, a veces casas con blancas torres y chapiteles que brillaban al sol.

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