Explore "Nexus: La crucifixión rosada 3" by Henry Miller on Textopian. Read with annotations and highlights.
Y así, yendo y viniendo en la oscuridad o quedándome horas quieto como un perchero en un rincón de la habitación, me hundía cada vez más en el abismo. La histeria se convirtió en la norma. La nieve nunca se fundió.
Al tiempo que urdía los planes más diabólicos para volver loca de verdad a Stasia y librarme así de ella para siempre, también soñaba con el más necio plan de campaña para un segundo galanteo. En todos los escaparates de tiendas delante de los que pasaba veía regalos que quería comprarle. Las mujeres adoran los regalos, sobre todo si son costosos. También les gustan cositas de nada, según su estado de ánimo. Entre un par de pendientes antiguos, muy caros, y una gran vela negra, podía pasar todo el santo día pensando cuál le llevaría. Nunca reconocía que el objeto caro estaba fuera de mi alcance. No, si llegaba a convencerme de que los pendientes le gustarían más, también podía convencerme de que encontraría el modo de comprarlos. Digo que podía convencerme de ello porque en el fondo de mi corazón sabía que nunca llegaría a decidirme. Era un pasatiempo. Es cierto que podría haber pasado el tiempo mejor reflexionando sobre problemas más elevados: por ejemplo, si el alma era corruptible o incorruptible, pero para la máquina mental un problema es tan válido como otro. Con ese mismo estado de ánimo podía provocarme la necesidad urgente de caminar cinco o diez kilómetros para pedir un dólar prestado y sentirme tan triunfante, si lo que conseguía sacar era diez o incluso cinco centavos. Lo que pudiere hacer con un dólar carecía de importancia: lo que contaba era el esfuerzo que aún era capaz de hacer. Significaba, en mi deteriorada forma de ver las cosas, que aún andaba de pies a tierra.