Explore "Nexus: La crucifixión rosada 3" by Henry Miller on Textopian. Read with annotations and highlights.
Las cosas seguían marchando como sobre ruedas. Era casi como aquellos primeros días del nidito de amor japonés. Si me iba a dar un paseo, hasta los árboles muertos me inspiraban; si visitaba a Reb en su tienda, volvía cargado de ideas y de camisas, corbatas, guantes y pañuelos. Cuando me tropezaba con la casera, ya no tenía que preocuparme del alquiler atrasado. No debíamos a nadie y, si hubiéramos necesitado crédito, lo habríamos tenido en abundancia. Hasta las fiestas judías eran agradables, con un banquete en esta casa y otro en aquélla. Estábamos en pleno otoño, pero ya no me deprimía, como en otro tiempo. Tal vez lo único que echara de menos fuese una bici.
Había recibido más lecciones y en cualquier momento podía solicitar el permiso de conducir. Cuando lo tuviera, llevaría a Mona de excursión, como me instaba a hacer Reb. Entretanto, había conocido a los inquilinos negros. Buena gente, como había dicho Reb. Todas las veces que íbamos a cobrar los alquileres, volvíamos a casa piripis y aturdidos. Uno de los inquilinos, que trabajaba de inspector de aduanas, se ofreció a prestarme libros. Tenía una biblioteca asombrosa de obras eróticas, todas ellas confiscadas en el puerto en el ejercicio de sus funciones. En mi vida había visto tantos libros obscenos, tantas fotografías indecentes. Me hacía preguntarme por los frutos prohibidos que albergaría la Biblioteca Vaticana.