Recuerdos de provincia

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Tiene esto por lo menos de interesante, el examen de los individuos notables de las familias, que a medida que pasan generaciones, ve uno transformarse poco a poco los personajes, cambiar de forma el atavío de hechos de que se revisten y presentar casi completas las diversas faces de la historia. Si tomamos la familia de los Albarracines por ejemplo desde Fr. Miguel, Fr. Justo de Santa María y Domingo de Oro, nos dan por resultado estos hechos: el convento, la teología, el milenario, la Inquisición, viajes a España, la declaración de la Independencia, Bolívar que la termina, la guerra civil, los caudillos, Rosas y el destierro. Tres generaciones han bastado para consumar estos hechos y tres individuos los han reflejado en sí por actos notables y significativos. Hay un momento como hay una persona que es a la vez el término medio entre la colonia y la República. Todos los hombres notables de aquella época son como el dios Término de los antiguos, con dos caras, una hacia el porvenir, otra hacia lo pasado.

Distinguida muestra de este hecho fue el Deán Funes. El sacerdocio fue, cual convenía a la situación de las colonias españolas, el teatro en que iba a desenvolverse su carrera. Educado por los jesuitas, conservoles siempre afición, no obstante las diversas transformaciones que más tarde tomaron sus ideas; a ellos debió su afición a las letras que aún entre el sacerdocio ellos solos cultivaban con provecho. A los pocos años de ordenado el Presbítero Don Gregorio Funes, negocios de familia o sed de instrucción lo llevaron a España en los últimos años del reinado de Carlos III, en que las letras españolas fueron cultivadas con esmero. Doctorose en España en derecho civil y gracias a la alta posición de su familia y a su mérito conocido, obtuvo una canonjía de merced para regresar así condecorado a su patria. Era Córdoba entonces el centro de las luces y de las bellas artes coloniales. Brillaban sus universidades y sus aulas; estaban poblados de centenares de monjes sus varios conventos; las pompas religiosas daban animado espectáculo a la ciudad, brillo al culto, autoridad al clero, y prestigio y poder a sus Obispos. El Canónigo Funes venía de la Corte, había estudiado en Alcalá, gozado del trato de los sabios y traía además tesoros de ciencia en una escogida cuanto rica biblioteca, cual no la había soñado la Universidad de Córdoba. El siglo XVIII entero se introducía así al corazón mismo de las colonias. Su prestigio de ciencia debió ser desde aquel momento inmenso; pruébalo más que todo la enemiga del canónigo Magistral de Córdoba, después Obispo del Paraguay, Don Nicolás Videla del Pino, que veía en el canónigo de merced un rival temible para optar a las altas dignidades de la Iglesia. Desde entonces comienza una lucha sorda, o estrepitosa entre ambos canónigos, que produce resultados políticos, no sin atravesarse el primero varias veces al paso del segundo para desviarle o embarazarle su marcha.

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