Recuerdos de provincia

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Es el hijo mayor de Don José Antonio Oro, hermano del Presbítero y del Obispo, Domingo de Oro, cuyo nombre ha oído todo hombre público en la República Argentina, en Bolivia y en Chile, y de quien Rosas escribía: "Es una pistola de viento que mata sin hacer ruido", y a quien los argentinos no han podido clasificar, viéndolo asomar en cada página de la historia de la guerra civil, a veces en malas compañías y casi siempre rodeado del misterio que precede a la intriga; y como sus actos no pueden inspirar terror porque nada hubo jamás de cruento en su carácter, desconfían de él a lo lejos, prometiéndose huir de las seducciones irresistibles, de las artes encantadoras de este Mefistófeles de la política.

Y sin embargo, Domingo de Oro pudiera apostar que saldría sano y salvo de la caverna de una tigre parida, si las tigres pueden ser sensibles a los encantos de la voz humana, a la elocuencia blanda, risueña, sin aliño, pérfida si es posible decirlo, como los espíritus que atacando una a una las fibras adormecen el cerebro y entregan maniatada la voluntad. Este ensalmo se ha ensayado con el mismo éxito sobre Bolívar y sobre Portales, sobre Rosas y sobre Facundo Quiroga, sobre Paz y sobre Ballivian, sobre unitarios y federales, sobre amigos y enemigos; y en los consejos del gabinete como en los estrados y en las tertulias, la palabra de Oro ha resonado única, dominante, atractiva, haciéndose un círculo de auditores, domeñando todas las aversiones, acariciando artificiosamente las objeciones para poder desnudarlas de sus atavíos y así en descubierto entregarlas al ridículo. Oro, de quien todos los hombres que de él han oído hablar, han pensado mucho mal y a quien han amado cuantos lo han tratado de cerca, no es el pensador más sesudo, no es el político más hábil, no es el hombre más instruido, es solo el tipo más bello que haya salido de la naturaleza americana.

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