Explore "Recuerdos de provincia" by Domingo Faustino Sarmiento on Textopian. Read with annotations and highlights.
En 19 de Noviembre de 1840, al pasar desterrado por los baños de Zonda, con la mano y el brazo que habían llenado de cardenales el día anterior, escribí bajo un escudo de armas de la República: On ne tue point les idées y tres meses después en la prensa de Chile, hablando a nombre de los antiguos patriotas: "Toda la América está sembrada de los gloriosos campeones de Chacabuco. Unos han sucumbido en el cadalso; el destierro o el extrañamiento de la patria han alejado a los otros; la miseria degrada a muchos; el crimen ha manchado las bellas páginas de la biografía de algunos; tal sale de su largo reposo (aludía a Cramer) y sucumbe por salvar la patria de un tirano horroroso; y cual otro (Lavalle) lucha casi sin fruto contra el colosal poder de un suspicaz déspota, que ha jurado exterminio a todo soldado de la guerra de la independencia, porque él no oyó nunca silbar las balas españolas; porque su nombre oscuro, su nombre de ayer, no está asociado a los inmortales nombres de los que se ilustraron en Chacabuco, Tucumán, Maipú, Callao, Talcahuano, Junín y Ayacucho".
Los que han recibido una educación ordenada, asistido a las aulas, rendido exámenes, sentídose fuertes por la adquisición de diplomas de capacidad, no pueden juzgar de las emociones de novedad, de pavor, de esperanza y de miedo que me agitaban al lanzar mi primer escrito en la prensa de Chile. Si me hubiese preguntado a mí mismo entonces si sabía algo de política, de literatura, de economía y de crítica, habríame respondido francamente que no, y como el caminante solitario que se acerca a una grande ciudad ve solo de lejos las cúpulas, pináculos y torres de los edificios excelsos, yo no veía público ante mí, sino nombres como el de Bello, Oro, Olañeta, colegios, cámaras, foro, como otros tantos centros de saber y de criterio. Mi oscuridad, mi aislamiento me anonadaban menos que la novedad del teatro y esta masa enorme de hombres desconocidos que se me presentaban a la imaginación cual si estuvieran todos esperando que yo hablase para juzgarme. Bajo el aguijón de la duda, como el dramatista novel, aguardé la llegada del Mercurio del 11 de Febrero de 1841. Un solo amigo estaba en el secreto; yo permanecía en casa escondido de miedo… A las once trájome buenas noticias; mi artículo había sido aplaudido por los argentinos; esto era ya algo. A la tarde se hablaba de él en los corrillos, a la noche en el teatro; al siguiente día supe que Don Andrés Bello y Egaña lo habían leído juntos y halládolo bueno. ¡Dios sea loado! me decía a mí mismo, estoy ya a salvo. Atrevime a presentarme en casa de un conocido y a poco de estar allí entra un individuo: y bien, le dice, ¿qué dice Vd. del artículo? Argentino no es el autor, porque hay hasta provincialismos españoles. Yo me atreví a observar, tomando parte en la conversación con timidez que podría creerse mal disimulada envidia, que no era malo, sin embargo de ciertos pasajes en que el interés se debilitaba. Rebatiome con indignación académica mi interlocutor que, según supe después, era un señor Don Rafael Minvielle y por cortesanía tuve yo que asentir al fin en que el artículo era irreprochable de estilo, castizo en el lenguaje, brillante de imágenes, nutrido de ideas sanas revestidas con el barniz suave del sentimiento. Esta es una de las veces que me he dejado batir por Minvielle. El éxito fue completo y mi dicha inefable, igual solo a la de aquellos escritores franceses, que desde la desmantelada buhardilla del quinto piso, arrojan un libro a la calle y recogen en cambio un nombre en el mundo literario y una fortuna. Si la situación no era igual, las emociones fueron las mismas. Yo era escritor por aclamación de Bello, Egaña, Olañeta, Orjera, Minvielle, jueces considerados competentes. ¡Cuántas vocaciones erradas había ensayado antes de encontrar aquella que tenía afinidad química, diré así, con mi existencia!