Explore "Recuerdos de provincia" by Domingo Faustino Sarmiento on Textopian. Read with annotations and highlights.
A los dieciséis años de mi vida entré a la cárcel y salí de ella con opiniones políticas, lo contrario de Silvio Péllico, a quien las prisiones enseñaron la moral de la resignación y del anonadamiento. Desde que cayó en mis manos por la primera vez el libro de las Prisiones, inspirome horror la doctrina del abatimiento moral que el preso salió a predicar por el mundo y que hallaron tan aceptable los reyes que se sintieron amenazados por la energía de los pueblos. Ya anduviera adelantada la especie humana, si el hombre necesitase para comprender bien los intereses de la Patria tener ejercicios espirituales por ocho años en los calabozos de Espiberg, la Bastilla y los Santos Lugares. ¡Ay del mundo si el Zar de Rusia, el Emperador de Austria o Rosas pudiesen enseñar moral a los hombres! El libro de Silvio Péllico es la muerte del alma, la moral de los calabozos, el veneno lento de la degradación del espíritu. Su libro y él han pasado por fortuna y el mundo seguido adelante en despecho de los estropeados, paralíticos y valetudinarios que las luchas políticas han dejado. Era yo tendero de profesión en 1827, y no sé si Cicerón, Franklin o Temístocles, según el libro que leía en el momento de la catástrofe, cuando me intimaron por la tercera vez cerrar mi tienda e ir a montar guardia en el carácter de Alférez de milicias a cuyo rango había sido elevado no hacía mucho tiempo. Contrariábame aquella guardia y al dar parte al Gobierno de haberme recibido del principal sin novedad, añadí un reclamo en el que me quejaba de aquel servicio, decía, "con que se nos oprime sin necesidad". Fui relevado de la guardia y llamado a la presencia del Coronel del ejército de Chile D. Manuel Quiroga, Gobernador de San Juan, que a la sazón tomaba el solcito, sentado en el patio de la casa de gobierno. Esta circunstancia y mi extremada juventud autorizaban naturalmente el que, al hablarme, conservase el Gobernador su asiento y su sombrero. Pero era la primera vez que yo iba a presentarme ante una autoridad, joven, ignorante de la vida y altivo por educación y acaso por mi contacto diario con César, Cicerón y mis personajes favoritos; y como no respondiese el Gobernador a mi respetuoso saludo, antes de contestar yo a su pregunta ¿es esta, señor, su firma? levanté precipitadamente mi sombrero, calémelo con intención y contesté resueltamente: sí señor. La escena muda que pasó enseguida habría dejado perplejo al espectador, dudando quién era el jefe, o el subalterno, quién a quién desafiaba con sus miradas, los ojos clavados el uno en el otro, el Gobernador empeñado en hacérmelos bajar a mí, por los rayos de cólera que partían de los suyos; yo con los míos fijos, sin pestañear, para hacerle comprender que su rabia venía a estrellarse contra una alma parapetada contra toda intimidación. Lo vencí y enajenado de cólera llamó un edecán y me envió a la cárcel.
Volaron algunos a verme, entre ellos Laspiur, hoy Ministro y que me tenía cariño, quien me aconsejó hacer lo que él ha hecho siempre, cejar ante las dificultades. Mi padre vino enseguida y contándole la historia, me dijo: ha hecho Vd. una tontera, pero ya está hecha; ahora sufra las consecuencias sin debilidad. Siguióseme causa, preguntóseme si había oído quejarse del Gobierno, respondí que sí y a muchos. Preguntado quiénes son; respondí que los que han hablado en mi presencia no me han autorizado para comunicar a la autoridad sus dichos. Insisten, me obstino; me amenazan, sácoles la lengua y la causa fue abandonada, yo puesto en libertad e iniciado por la autoridad misma en que habían partidos en la ciudad, cuestiones que dividían la República y que no era en Roma ni en Grecia donde había de buscar yo la libertad y la Patria sino allí, en San Juan, en el grande horizonte que abrían los acontecimientos que se estaban preparando en los últimos días de la presidencia de Rivadavia. Hasta la casualidad me empujaba a las luchas de los partidos que aún no conocía. En una fiesta del Pueblo viejo, disparé un cohete a las patas de un grupo de caballos y salió de entre los jinetes a maltratarme mi Coronel Quiroga, exgobernador entonces, atribuyendo a ultraje intencional lo que no era más que atolondramiento.