Vida de Don Quijote y Sancho

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Levantóse Don Quijote, montó y sin despedirse de la Arcadia fingida, reanudó más entristecido aún su camino. Porque venía ya triste desde casa de los Duques. Y viendo comer a Sancho: _Come, Sancho amigo -- dijo Don Quijote -- , sustenta la vida, que más que a mí te importa, y déjame morir a manos de mis pensamientos y a fuerza de mis desgracias_. ¡Déjame morir! ¡Déjame morir a manos de mis pensamientos! ¿Pensabas acaso, pobre Caballero, en el encantamiento de Dulcinea y pensaba tu Alonso en el encanto de Aldonza?

_Yo, Sancho_ -- prosiguió Don Quijote -- , _nací para vivir muriendo, y tú para morir comiendo_. ¡Preñadísima sentencia! Sí, para vivir muriendo nació todo género de heroísmo. Al verse el Caballero _pisado y acoceado y molido de los pies de animales inmundos y soeces pensó_ dejarse morir de hambre. La cercanía de la muerte, que se le venía encima a muy raudos pasos, iba alumbrando su mente y disipando de ella la cerrazón de la locura. Comprendía ya que eran animales inmundos y soeces los que le acocearon y molieron y no los tuvo por cosa de encantamiento y magia.

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