Sobre el fascismo by Antonio Gramsci — Read

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Primero: existe un problema político contingente, y éste es cómo se derriba el ministerio presidido por Benito Mussolini. Las oposiciones burguesas, que han planteado este problema en la forma más limitada posible, creyendo tener así una tarea más fácil de resolver, se debaten desde el mes de junio en un callejón sin salida. Pensar en reducir la crisis del Ministerio Mussolini a una crisis ministerial cualquiera es completamente absurdo. Ante todo está la milicia que obedece sólo a Mussolini y lo sitúa absolutamente fuera del terreno de una maniobra política normal. Para superar el obstáculo de la milicia se ha luchado durante muchos meses, pero en un terreno inadecuado. Se ha trabajado el ejército, se ha descubierto al rey. Pero al fin nos hemos encontrado en el punto de partida. Mussolini no se va. Aún más, suponiendo que con la milicia se pudiera llegar a un acuerdo conveniente, apenas se plantea en forma concreta la cuestión de la eliminación de Mussolini del gobierno, se presenta un problema no sólo más grave sino de carácter todavía más decisivo: ¿Quién hará el proceso Matteotti? Un gobierno Mussolini no puede dejar que tenga lugar el proceso Matteotti. Los motivos son conocidos. Pero Mussolini no puede tampoco marcharse y no se irá mientras no esté seguro de que el proceso no se hará, ni por él ni por nadie. También aquí, los motivos todos los conocen. No hacer el proceso (y no hacer el proceso quiere decir liberar, antes o después y seguramente más bien antes que después, a los actuales arrestados) significa enfrentarse a una insurrección de la opinión pública, quiere decir poner el gobierno a merced de cualquier extorsionador o divulgador de documentos reservados y mantenerse erguidos sobre el filo de una espada. No hacer el proceso quiere decir dejar una llaga siempre abierta, con la posibilidad de una "oposición moral" mucho más importante y eficaz, en determinadas ocasiones, que cualquier oposición política. Ahora bien, el que la burguesía, en "todas" sus fracciones, esté dispuesta a no hablar ni del delito ni del proceso, con tal de devolver la solidez a su régimen, es algo que no puede dudarse. Se dice que el tema incluso ya se ha discutido, en reuniones de las oposiciones. Pero igualmente es que la campaña sobre el delito y por el proceso no puede ser dejada en herencia a grupos antiburgueses, por ejemplo, a un partido proletario. No volver a mencionar el asunto, no significaría en absoluto que 39 millones de italianos se olviden de él. Ninguna novedad, pues, por vías normales. La política del fascismo y de la burguesía reaccionaria ha tropezado -el día en que la opinión pública se rebeló unánimemente por el delito Matteotti, y Mussolini fue trastornado por esta insurrección hasta el punto de realizar algunos movimientos que debían tener y tendrán consecuencias incalculables-, con un obstáculo insuperable. Por algo similar y mucho menos grave, en la época del proceso Dreyfus, la sociedad y el Estado francés llegaron al borde de una revolución. Pero estaba en juego, se dice, algo más profundo que una cuestión moral, estaba en juego un problema de rotación de clases y categorías sociales en el gobierno. Pero también en Italia, y con las debidas agravantes, es así.

Y llegamos ya al segundo aspecto del problema, al problema sustancial, no del Ministerio Mussolini, o de la milicia, o del proceso, o cosas semejantes, sino del régimen del que la burguesía ha tenido que servirse para aplastar las fuerzas del movimiento proletario. Este segundo aspecto es el esencial, para nosotros y para todos, pero está vinculado al primero inseparablemente. Aún más, todos los dilemas y las incertidumbres y dificultades que hacen imposible la previsión de una solución de carácter limitado, como tienen en mente las oposiciones y todos los burgueses, son un síntoma de contrastes sustanciales profundísimos. En la base de todo está el problema mismo del fascismo, movimiento que la burguesía consideraba que debía ser un simple "instrumento" de reacción en sus manos y, por el contrario, una vez evocado y desencadenado, es peor que el diablo, y no se deja ya dominar, sino que sigue adelante por su propia cuenta. El asesinato de Matteotti, desde el punto de vista de la defensa del régimen, fue un gravísimo error. El affaire del proceso, que nadie logra liquidar en forma limpia, es como una herida en el flanco del régimen tal como ningún movimiento revolucionario, en junio de 1924, hubiera sido capaz de abrir. Por lo demás esto no es más que la tendencia del fascismo a no actuar ya como simple "instrumento" de la burguesía, sino continuar su serie de supercherías, violencias, delitos, según su propia razón interna, que acaba por ya no tomar en cuenta los intereses de conservación del régimen actual.

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