Sobre el fascismo by Antonio Gramsci — Read

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Al juego, no demasiado significativo, de las combinaciones entre los diversos grupos parlamentarios, argumento predilecto de la cabalística de los corresponsales romanos, siguió ayer en la Cámara el debut de aquel que gusta de presentarse y ser presentado como el jefe de la reacción italiana: Mussolini.[1] Y Mussolini, en su debut, ha considerado oportuno recordar, casi en calidad de mérito, sus orígenes subversivos. ¿Es una pose o el deseo de atraerse con ello mayormente el favor del nuevo amo? Sin duda ambos motivos concurren, y por otra parte es verdad que el pasado subversivismo del novísimo reaccionario es un elemento que contribuye no poco a delinear su figura. Sin embargo, es preciso hablar sin prejuicios y despejar también un poco este mito mussoliniano, tan apreciado por el jefe de la vieja ala revolucionaria del partido socialista. ¿Se debe a la mayor madurez de conciencia producida por las experiencias revolucionarias de estos últimos años el que, reexaminando las actitudes y los hechos de aquel tiempo, no podemos menos que verlos reducidos a proporciones tan diferentes a aquellas que nos parecía ver entonces? Al dirigirse a la cámara, Mussolini tal vez ha empleado una sola palabra exacta cuando, a propósito de su modo de concebir los conflictos políticos y de actuar, ha hablado de blanquismo.[2] La confesión nos permite situarnos en el punto de vista más oportuno para captar y explicar con exactitud lo que instintivamente percibimos hoy de ilógico, de burdo, de grotesco, en la figura de Mussolini. El blanquismo es la teoría social del golpe de mano pero, bien pensado, el subversivismo mussoliniano no tomó de ella más que Ja parte material. Incluso la táctica de la III Internacional ha sido acusada de tener puntos de contacto con el blanquismo, pero la teoría de la rebelión proletaria tal como fue difundida por Moscú y como fue puesta en práctica por los bolcheviques forma una sola cosa con la teoría marxista de la dictadura del proletariado. Mussolini sólo retuvo del blanquismo la exterioridad, o mejor aún, él mismo lo convirtió en algo exterior, lo redujo a la materialidad de la minoría dominante y del empleo de las armas en el ataque violento. El encuadramiento de la acción de la minoría en el movimiento de masas, y el proceso que hace de la rebelión el medio para Una transformación de las relaciones sociales, todo esto desapareció. La semana roja romana, el típico movimiento mussoliniano, fue definida por lo tanto, del modo más exacto, por aquellos que la llamaron "una revolución sin programa".

Pero eso no es todo; puede sostenerse que para el jefe de los fascistas las cosas no han cambiado de ayer a hoy. Su posición, en el fondo, es todavía la que era. También hoy él no es más que un teórico, si así puede decirse, es un escenificador de golpes de mano. El blanquismo, en su materialidad, puede ser hoy subversivo, mañana reaccionario. Pero siempre es revolucionario y reconstructor sólo en apariencia, condenado a carecer de continuidad y de desarrollo, condenado a no saber fundir un golpe de mano con otro en la línea de un proceso histórico. Hoy los burgueses, medio asustados y medio estupefactos, ven a este hombre que se ha puesto a su servicio cromo a una especie de nuevo monstruo, revolucionador de situaciones reales y creador de historia. Nada más falso. La incapacidad de fusionar los eslabones de una construcción histórica es tan grande en el blanquismo de este epiléptico como lo es en el subversivismo malthusiano de los D'Aragona y los Serrati. Todos ellos pertenecen a la misma familia. Representan, tanto el uno como los otros, una misma importancia. Si en la reacción italiana aparece hoy una consistencia y una continuidad, proviene de otros elementos, de otros factores, de carácter no sólo nacional sino común a todos los países y de naturaleza muy distinta a la que querría hacer creer este exasperado exaltador de sí mismo. La lucha contra las reivindicaciones y la resistencia contra la insurrección obrera parten de bases mucho más concretas, pero sin duda es significativo, por lo que concierne a la seriedad de la vida política italiana, que en la cima de una construcción que se mantiene unida gracias a un poderoso sistema de fuerzas reales, se halle este hombre que se deleita haciendo juegos de fuerza y masturbándose con las palabras.

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