Luchana by Benito Pérez Galdós — Read

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«¿En qué habíamos quedado? -decía la dama invisible en su carta del 15 de Agosto. ¡Ah!, ya recuerdo. Quedaron cual atontados palominos los tres individuos que representaban a la Revolución. El Gómez, no obstante, se rehízo y sacó de su cacumen un argumento que revelaba mayor agudeza de la que esperaban Reina y cortesanos. Asimilándose con rápido instinto las marrullerías del Ministro allí presente, propuso que se mandase publicar la Constitución con la cláusula de que quedase en vigor toda ella, menos el artículo referente a la Regencia. A esto replicaron que no era posible extender el decreto sin que se reuniera el Ministerio para refrendarlo. Ante obstáculo tan insuperable, la única solución era que los sublevados se fueran calladitos al cuartel, con el mayor orden, satisfechos con la promesa que les hacía la Señora de presentar en la próxima reunión de Cortes un proyecto de Constitución, que había de ser muy buena, mejor todavía que la de Cádiz.

»Conformes en ello los tres militares, dudaban que sus compañeros se aplacaran con tal expediente, y no querían volver a la plazuela temerosos de ser mal recibidos. Entablose una discusión larguísima y fastidiosa entre el Ministro, el Alcalde, Alagón y San Román de una parte, y de otra, el sargento Gómez, pues Lucas no hacía más que asentir con cabezadas a cuanto el otro decía, y el soldadillo había renunciado cuerdamente al uso de la palabra. Por último, los señores primates, maestros en pastelería sublime, que era su única ciencia, discurrieron amansar la fiera con una Real orden en que la Gobernadora manifestaba al general San Román su voluntad de adoptar nueva Constitución con el concurso de las Cortes. Allí mismo la redactaron, y a los sargentos, crédulos y respetuosos, no les pareció mal. Así lo manifestó Gómez, añadiendo la duda de que con tal emoliente se diesen por satisfechos los sublevados. Pronto lo sabrían, pues con la venia de Su Majestad bajaban a manifestar a sus compañeros el resultado de la junta, en la que se habían empleado tres horas: ya era más de la una cuando salieron a la Cacharrería, donde impacientes aguardaban pueblo y tropa, roncos ya de cantar el himno. Al punto, según oí contar, fueron rodeados de sargentos y oficiales que ansiosos les preguntaban si traían ya el decretito firmado por el Ama. La noticia de que no traían más que una Real orden dilatoria, les sacó de quicio. San Román mandó dar un toque de atención, y obtenido el silencio preparose a leer el papel mojado, empleando antes como vendaje el recurso de los vivas. ¡Viva la Reina! ¡Viva la guarnición de La Granja! ¡Vivan los vencedores de Mendigorría! Las contestaciones fueron calurosas, y el General creyó dominar la situación. Arrancose a leer, y no bien hubo llegado a la mitad del documento, oyó un murmullo, y luego el grito de ¡Fuera!, ¡fuera! En fin, que el hombre no tuvo más remedio que guardar su papelito; y como sonaran disparos al aire, dio media vuelta y se metió en Palacio.

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