Explore "El Saludo de las Brujas" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
El nido en que se refugiaron Rosario y Felipe María cuando a este le condenaron los médicos completar la curación de su grave herida respirando aires de campo, es una villita, de construcción y fecha reciente, pero, como veremos, de antiguo estilo, enclavada en el pedazo de paraíso que forma la península de Mónaco, ceñida en torno por el cinturón de terciopelo turquí del Mediterráneo. En tan diminuto Estadillo, con su ejército de muñecas que no llega a cien soldados, se reúne más gente rica, antojadiza y desocupada que en los ámbitos de una gran nación; y las quintas y las villas construidas por hábiles especuladores o por millonarios hartos del mundanal ruido y ansiosos de quietud, son, en su género, obras de arte, realzadas por una espléndida naturaleza que no abruma con su exuberancia como la de los trópicos; un paisaje todo armonía y luz, todo nobleza de líneas y suavidad de tonos, unas olas y unas playas finas que evocan los sueños claros y ligeros de la Grecia clásica.
La villita se encontraba más próxima a Rocabruna que a la capital de Mónaco, en una de las gentiles escotaduras del golfo de Génova; y si a sus espaldas se extendía, trepando por las vertientes de la montañuela, un bosque poblado de cedros, limoneros, palmeras y olivos, los jardines iban descendiendo por medio de una serie de terrazas escalonadas, hasta la playa misma, anfiteatro de rubia arena, que, como el engaste de un zafiro, cerca una ensenadilla siempre dormida, siempre transparente azul.