Explore "El Saludo de las Brujas" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Rosario estaba sola en el vasto hall. Por instinto había ido a acurrucarse junto al fuego. Sentía aquella mañana, en lugar de la amarga embriaguez de sacrificio de los días anteriores, un cansancio, como una náusea invencible de su abnegación. La causa era sencilla: no era preciso quebrarse mucho la cabeza para adivinarla. Hasta la víspera, ningún detalle había recordado a Rosario que el hombre a quien miraba como a su padre iba a adquirir sobre ella otra clase de derechos. Casarse con Jorge, la parecía buenamente continuar viviendo a su lado; porque el pintor, en virtud del mismo exceso de su pasión, por la delicadeza inseparable del verdadero cariño, por el sentimiento de dignidad que trae consigo la madurez en las almas escogidas, paternalmente seguía tratándola; ni aludía a la empeñada palabra de matrimonio. En la conversación con Yalomitsa, fue la misma Rosario quien, por un alarde de estoicismo y para quemar sus llaves y dar parte a Felipe de que estaba libre, había puesto en conocimiento del bohemio sus planes de boda.
Mas, la víspera, recibió Viodal una carta que le agitó extrañamente. Rosario, que la vio llegar, sospechó que era de Felipe; conocía la forma y el color del papel, el sello, todo; por primera vez pensó que había hecho mal en irritar a su enamorado con el silencio y el abandono mudo, que parecía desdén; comprendió que no basta cerrar los ojos y echarse al precipicio, sino que hay que mirar cómo se cae, para no arrastrar consigo a los demás.