Explore "El Saludo de las Brujas" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Desde aquel momento, Felipe entró en su papel del todo, sin que se volviesen a mentar vacilaciones y escrúpulos. ¿No era, casi oficialmente, el príncipe heredero de Dacia? ¿No habían desaparecido los obstáculos? ¿No henchía el viento propicio las velas del deseo? ¿No cooperaban a la obra cuantos veía en torno suyo; la mujer amada, los entusiastas partidarios, hasta los criados, que ya se llamaban a sí propios servidumbre, y sentían -empezando por Adolfo, el ayuda de cámara, como buen parisiense, escéptico por fuera y lleno de ilusiones por dentro- ese singular transporte, fenómeno mal estudiado por la psicología, que se llama adhesión? Un incidente demostró estos sentimientos de los servidores.
Dos días después de la excursión a Mónaco, Esteban el cochero se presentó a Rosario, a tiempo que esta atravesaba el atrio para dirigirse a la sala de baños, y gorra en mano y con voz dolorida y quebrantada, explicó que sufría una desgracia muy grande: desde Dacia le reclamaba con urgencia su madre, por que su anciano padre había aparecido muerto al pie de un muro. «Sospecho que lo han asesinado -decía trémulo Esteban-, y mi madre tiene miedo de sufrir la misma suerte. ¡Pero marcharme ahora!… » -exclamaba, poniendo en esta frase todas sus ilusiones de patriota lacio, todo su fervor monárquico, todo el ciego interés que le inspiraba Felipe María.