Explore "El Saludo de las Brujas" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
Contribuyó la presencia del bohemio en la Ercolani a despejar y normalizar la situación de Felipe y Rosario. Desde la llegada de Miraya se había establecido cierto alejamiento: lo que no fuese encontrarse completamente solos, era estar aislados: la interposición de un hombre equivalía a la de una multitud. Y lo que más les apartaba moralmente, no era la persona de Miraya, sino la idea representada, encarnada por el agente de Stereadi. En Miraya tenían que ver el símbolo de su eterna separación -tan próxima, y que sin embargo parecía una pesadilla.
Viviendo Yalomitsa bajo el techo de Felipe, constaba que a las horas dedicadas a la política, Rosario quedaba acompañada y atendida por alguien adicto y cariñoso, que gozaba fueros de pariente, y que por su humorismo inagotable, era como bufón voluntario, altanero y genial, a quien ninguna ley sujeta, a quien no mueve el interés, y que sólo por amistad se presta a espantar ajenas melancolías. Yalomitsa, excluido de los consejos y de liberaciones, «acompañaba» a Rosario, y cada día el cargo daba más que hacer, puesto que cada día estaba Rosario más sola, y mayor número de horas. Ya no era caso desusado el que Felipe y Miraya se pasasen el día en Mónaco o en Rocabruna, almorzando allí, invitados por Nakusi, conferenciando después con los personajes dados de ambos partidos felipistas. La situación política era muy distinta que al principio. Como la actitud del duque Aurelio había suprimido el obstáculo más temible que la candidatura de Felipe podía encontrar, los dos partidos, casi desligados de su pacto, empezaban a practicar activos manejos para comprometer a Felipe en el sentido de sus miras e interés: la coalición, nunca muy estable, se había roto. Es el destino de las coaliciones todas: formadas por la necesidad de aplastar a un enemigo común, se desbaratan el día en que esta necesidad desaparece. Habiendo renunciado el duque Aurelio a sus pretensiones, más enfermo y decaído el Rey a cada instante, ya Felipe no hallaba oposición; y a no ser por la sorda pero iracunda resistencia de la Reina, celosa hasta más allá de la tumba, no faltaba quien creyese que era posible llamar a Felipe María en vida de su padre, para que este sancionase libre y públicamente la transmisión de la corona. ¡Sí: a no ser por aquel rencor de una mujer constante en guardarlo y acariciarlo como se acaricia la hoja lisa de un puñal -rencor que no aplacaban el transcurso del tiempo ni la proximidad de la muerte-, Felipe podría ya entrar en triunfo, aclamado príncipe heredero, en lo que había de ser su reino! Pero mientras tanto y, aun cuando hubiese que aguardar la procesión de los sucesos -esa procesión que lo trae todo, las horas de triunfo y las de derrota, las de embriaguez y las de desaliento, las supremas y las últimas-, los partidos, mirándose ya con desconfianza, temerosos del porvenir, se empeñaban en asegurar la presa de antemano. Los liberales y Stereadi llevaban la mejor parte, porque tenían cerca de Felipe a su representante Miraya; pero los del partido antiguo, y el duque de Moldau a su cabeza, no dejaban de confiar en Nakusi, que si bien distaba mucho de poseer la inteligencia y el pico de oro del periodista, tenía sobre él la superioridad de la educación y del nacimiento y en su carácter un sesgo caballeresco, entusiasta y varonil, por el cual se había captado la simpatía del joven príncipe.