Explore "El Whisky, asesino" by Luis Bonafoux Quintero on Textopian. Read with annotations and highlights.
A los alcoholes, como a todo, es aplicable el vulgar dicho de que unos tienen la fama y otros cardan la lana. Los médicos franceses y las Sociedades de temperancia han declarado guerra al ajenjo, achacándole toda clase de crímenes, locuras y enfermedades. Para dichos médicos y Sociedades el ajenjo tiene la culpa de todo lo malo que ocurre en Francia, y cuando hablan del veneno alcohólico se refieren siempre al ajenjo, haciendo abstracción de todas las demás bebidas que gasta el público.
No voy a poner cátedra en defensa del ajenjo. No lo bebo, no por virtud del espíritu, sino por repugnancia del paladar. El ajenjo es una especie de pintura, y a mí no me ha dado todavía por pintarme las tripas. Recién llegado a París, oí decir que el ajenjo tenía la virtud de producir ensueños y transportes. Alfredo Vicenti es testigo de que yo, en aquella época de mi agradable vida, tenía muchas ganas de transportarme; tantas, que de buenas a primeras me transporté de la Redacción de El Globo al bulevar de Montparnase, y ya en París hubiera querido transportarme a Madrid, volver a ver la Redacción de El Globo, con una ventana a la calle, por donde solía pasar una mujer muy guapa, que tenía aficiones literarias; enterarme de cómo iba la campaña que por entonces hicimos contra un señor Ceballos, o Caballos, no recuerdo bien, que hacía de representante de la Sociedad titulada de Padres de familia, y ver a Vicenti en su sitial, como Carlomagno en su trono, por lo tieso y correcto, aunque tristón y archiaburrido.