Explore "La Enferma" by Eduardo Zamacois on Textopian. Read with annotations and highlights.
Consuelito Mendoza despertó presa de un ligero acceso de fiebre: toda la / noche estuvo viendo danzar ante ella varios personajes cubiertos de / sangre y con heridas horribles por las cuales asomaban entrañas / palpitantes. Las primeras claridades matutinas causáronla inmenso bien, / al ahuyentar aquel mundo fantástico y rojo; mas la penosa impresión de / la pesadilla y la falta de reposo, la dejaron rendida. Aún permaneció / largo rato echada, sin atreverse a mover pie ni mano, bostezando / nerviosamente, tiritando a pesar de la agradable temperatura de la / habitación y sintiendo en sus oídos un raro y sostenido murmujeo. Estaba / silenciosa, acurrucada en un ángulo de su gran cama matrimonial, / paseando miradas indiferentes de un sitio a otro: primero sus ojos / repararon en el abrigo de pieles que había dejado la víspera sobre una / silla. ¡Pícara camarera, no acordarse de llevarlo a su sitio! . / Aplicóse a examinarlo fijamente, por hacer algo y distraerse, batallando / por buscarle semejanza con otro objeto, pero sin conseguirlo; siempre / le parecía lo que era: un abrigo de pieles. Mas luego la endiablada / imaginación empezó a triunfar de los sentidos, y lo que los ojos no / pudieron ver lo vió el alma descomponiendo la realidad a través de los / misteriosos cristales imaginativos: una arruga se la antojó un sombrero / de copa antiguo, ancho de arriba y estrecho de abajo: aquello ya era / algo, pero no todo: el sombrero, sí, era perfecto; mas, ¿dónde estaba la / cabeza? Continuó mirando. y, nada; la realidad se obstinaba en no / doblegarse al capricho.
-- Pues yo he de conseguirlo -- murmuró la joven esbozando un mohín / picaresco.