El primer amor by José López Portillo y Rojas

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Sucedió lo que me esperaba. Desde la mañana funesta en que sorprendió doña Agustina nuestro secreto, y nos pilló en flagrante delito de coloquio aéreo, fueme ya imposible comunicarme con Lola. Mirábala a las veces cuando salía a misa o a algún paseo, siempre acompañada de la mamá y del primo don Tomás. Aquel hombre no se les apartaba un momento; era su misma sombra. Veíale entrar a la casa de mi novia a las ocho de la mañana, salir a la una de la tarde, volver a las tres, y no despedirse sino hasta las once de la noche, escoltándolas por donde quiera. El amor me hacía estar en acecho, y enterarme de todos estos detalles.

¡Con cuánto despecho miraba por las noches, desde la calle, las iluminadas ventanas de la casa de Lola, y oía las alegres voces de las tres personas que desde adentro departían con el mejor humor del mundo! En tanto yo, como Adán después del pecado, miraba de lejos aquel paraíso donde no me era lícito penetrar, y lanzaba suspiros prolongados y doloridos. Hubiera deseado arrojar metralla por entre las rejas, o prender fuego a la madera, o romper los cristales con una buena peladilla del arroyo, a uso y costumbre de cualquier pilluelo. ¿Por qué habían de estar tan contentos allá adentro, mientras padecía yo en las tinieblas exteriores? ¿Había algún mandamiento divino o humano que autorizara a aquella cruel familia a desgarrarme el corazón con tanta frialdad, y a charlar tan alegremente, mientras agonizaba yo como un réprobo a la vista del empíreo?

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