Por un cabello by José López Portillo y Rojas

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Sonó la una de la tarde de aquel día memorable, y Leonor, que cosía delante del reloj para seguir el curso de las tres agujas -las dos del horario y aquella con que hacía hilvanes y pespuntes-, arrojó con precipitación sobre la mesa la tela que en las rodillas tenía, y se asomó al balcón para esperar a Isidro. Y distinguió a lo lejos el tranvía que debía traerlo, el cual caminaba con la velocidad ordinaria, pero no con la que la joven hubiese deseado. Figurábasele aquel vehículo a manera de tortuga inmóvil e inanimada, de movimientos lentísimos y desesperantes; y cuando se paraba en las bocacalles para descongestionarse un poco de la plétora de pasajeros que sufría, reprobaba ella la pachorra que gastaban los buenos vecinos que bajaban del carro, y la del conductor que permitía tan enormes y nunca vistas tardanzas.

Por fin paró el eléctrico frente a la casa, que formaba esquina, e Isidro, el simpático, el buen mozo, el sin igual, echó pie a tierra a la vez que un buen golpe de gente sin importancia. La humanidad, a los ojos de Leonor no era más que una simple comparsa, creada mediocre por Dios para el doble objeto de que sirviese de séquito a su esposo, y de hacer resaltar sus pasmosas excelencias; así que no paró mientes en aquel grupo que la representaba, y bajó hasta el pie de la escalera para recibir gozosa a su bien adorado. Venía regocijada y radiante; y aunque no hacía más que cuatro horas que había dejado de verle, le acogió con los rendidos homenajes debidos a un cruzado vuelto de Palestina y de la conquista del Santo Sepulcro.

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