Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe

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A fines del siglo XVII había en la ciudad de México, según Gemelli Carreri, que estuvo aquí en 1698, veintinueve conventos de frailes y veintidós de monjas.61 La población de la ciudad era de unos veinte mil españoles y criollos y unos ochenta mil indios, mestizos y mulatos. No debe extrañarnos el número de religiosos: ya he dicho que para la mayoría de los frailes y las monjas el claustro era una carrera, una profesión. Esto no significa, claro, que hayan sido infrecuentes las vocaciones auténticas: el temple del siglo era religioso como el del nuestro es científico y técnico. La función de los conventos era triple: la religiosa propiamente dicha, tal como lo ejemplificaban las austeridades de los carmelitas descalzos; la mundana, consistente en proveer de ocupación y destino a miles de hombres y mujeres que de otra manera se habrían encontrado sin acomodo; y la social: la beneficencia, la caridad, la enseñanza. La obra de los religiosos en el dominio de la educación fue inmensa.

Apenas si es necesario recordar que desde el siglo XVII la Compañía de Jesús fue la educadora de la sociedad criolla; la alta cultura novohispana, en los siglos XVII y XVIII, estuvo marcada por los métodos y orientaciones de los jesuitas. En los conventos de monjas el nivel intelectual era mucho más bajo; la producción artística, filosófica y científica -con la conocida excepción de sor Juana Inés- fue realmente insignificante. En cambio, las monjas se distinguieron en la enseñanza de las primeras letras y en la educación intermedia. Gracias a las religiosas hubo en México una cultura femenina, por más pobre que nos parezca esa cultura. Las monjas también adiestraban a las niñas y a las adolescentes en la música, el teatro, el baile y en artes y oficios como la costura, el bordado y la cocina.

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