Descripción Colonial, Libro Segundo

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Por la muerte del excelentísimo y gran limosnero don Martin Enriquez, Su Majestad proveyó á don Francisco de Torres y Portugal, conde del Villar, bonísimo caballero y de acendrado ingenio para gobernar; amicísimo de hacer justicia y que ninguno de sus criados se oliese recibia la menor cosa del mundo; el cual, al que traia de España, por un no sé qué que dél se dijo le despidió en Tierra Firme y mandó volver á España; servíale despues otro criado suyo mozo, llamado Cabello, al cual por ser comprehendido en ciertas dádivas que recebia le descompuso con gran infamia, y á un soldado, que se decia era el trujamán, llamado Gatica, le mandó, ó por mejor decir condenó, al remo de las galeras, que estaban en el Callao, donde fué castigado valientemente; las cuales dos galeras, teniendo á cargo dellas el general Pedro de Arana, estuvieron muy bien tripuladas, particularmente la mayor, y otros dos navios gruesos con su general llamado. Sucedió, pues, por el estrecho de Magallanes entró el capitan Candelin, luterano inglés, y desembocó en esta mar con tres navios, el uno de alto bordo, los dos pequeños, y descubriéndose en la tierra de Chile, luego el gobernador don Alonso de Sotomayor en un navio despachó, avisado de lo que habia, á un muy buen soldado llamado Verdugo, el cual llegando á la cibdad de Los Reyes dió aviso al Visorrey, el cual se lo agradeció mucho, y aun prometió hacer mercedes; la cibdad se puso en armas, y el Callao; los capitanes nombrados por don Martin Enriquez, de buena memoria, quedáronse con solo el título, porque el Conde nombró otros; envió á Huánuco y aun á todas las cibdades los vecinos viniesen con sus armas y caballos, de las cuales vinieron de muy buena gana; pero como se tardó más de ochenta dias que no pareció en la costa el enemigo, burlaban en Palacio y fuera dél del pobre Verdugo; ya no habia quien le quisiese dar de comer, si no era el licenciado Ulloa, á quien siempre le pareció ser verdadero el aviso. Los demás decian que alcatraces eran los que habian visto, y no navios.

El enemigo, del largo viaje traia sus navios destrozados; dióles lado en la bahia Salada, entre Caquimbo y Copiapó, en la costa de Chile, donde el capitan Francisco Draque dió al suyo y hizo su lancha; detenerse en esto fué causa no se mostrase en la costa, donde en las partes convenientes habia sus atalayas.

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