Explore "Descripción Colonial, Libro Segundo" by Reginaldo de Lizárraga on Textopian. Read with annotations and highlights.
El conde del Villar, viéndose enfermo, cargado de años y cuidados del gobierno deste Perú, con cartas suplicaba á Su Majestad le librase de tan pesada carga; libróle della y dióla á don García de Mendoza, hijo del gran limosnero y amigo de pobres marqués de Cañete, de felice memoria, Visorrey que fué destos reinos, el cual vino con su padre ya conocido en toda esta tierra, y dende su tierna edad dió muestras de lo mucho que habia de ser y valer, y aunque cuando llegó á estas partes no habia heredado el marquesado, y gobernando acá lo heredó, siempre le llamaremos marqués de Cañete. La nueva de su proveimiento causó mucha alegría en los ánimos de cuantos vivíamos en estas regiones, porque se entendió habia de ser para gran bien dellas (como lo fué), siguiendo las pisadas de su padre. Con próspero viaje llegó á Tierra Firme, y de allí al puerto del Callao; no quiso desembarcarse en tierra ni venir por ella, por ahorrar de gastos á los indios y á los españoles. Trujo consigo á la ilustrísima señora doña Teresa de Castro y de la Cueva, su mujer, señora de grandes virtudes, gran cristiana, de quien en breve no se puede tractar, dejándolo para otra cojuntura, y á don Beltran de la Cueva, su cuñado, caballero de admirables y grandes virtudes, que les son como naturales á la sangre de donde descienden. Fué recibido el Marqués solemnísimamente con mucho aplauso y gasto de los vecinos, estantes y habitantes; halló en la cibdad al conde del Villar, á quien tractó con la cortesanía y respecto que se le debia, y el Conde hizo lo mismo como nobilísimo y generosísimo caballero. Quitó luego algunos gastos excesivos que se hacian en el puerto del Callao, de la hacienda de Su Majestad. Certificáronme eran más de 300.000 pesos cada año; tractó de hacer las casas reales; hízolas muy buenas y estrados para el Audiencia, sin llegar á quinto ni á otra hacienda de Su Majestad, sino mandando aplicar condenaciones. Halló la ciudad un poco hambrienta; en el tiempo que gobernó, casi seis años, siempre la tuvo muy abastada de pan y de lo necesario. Tuvo ánimo y valor para hacer lo que ninguno de sus antecesores, desde don Francisco de Toledo acá, se atrevió á hacer, ni el mismo don Francisco de Toledo con ser tan temido, que fué asentar las alcabalas; mandábaselo así Su Majestad expresamente. Oí decir á un criado suyo, y fidedigno, que muchas noches se le pasaban en blanco, no pudiendo dormir, antes que las pregonase, buscando unos y otros medios cómo sin riesgo del reino se asentasen, y viendo las dificultades que se le ofrecian, todo era sospirar. Por una parte temia alguna rebelion; por otra, si no lo hacia, perdia mucho de su crédito con Su Majestad, que le mandaba con los mejores medios que pudiese las asentase, y no las dejase de asentar; finalmente, dióse tan buena maña, que las publicó, asentó é hizo recebir, y aunque se temió algun escándalo, no en la ciudad de Los Reyes, sino en las demás del reino, fué Nuestro Señor servido se aceptasen como justísimo derecho debido á Su Majestad, y no se paga sino á dos y medio por ciento.