Descripción Colonial, Libro Segundo

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Todas estas cosas concluidas y dado asiento en otras, salió el Visorrey don Francisco de Toledo del Cuzco, prosiguiendo su visita para el Collao, en el cual, en el pueblo llamado Pucara, famoso porque allí se desbarató el tirano Francisco Hernandez, se encontró ó halló al gobernador Castro, que bajaba de la visita de la Audiencia de la ciudad de La Plata, á quien preguntando el Visorrey y diciendo: ¿Qué le ha parecido á vuestra señoria de la tierra que ha visto, é yo tengo de ver? respondió: Paréceme, señor, que Su Majestad debe hacer merced á los hijos é descendientes de los conquistadores, muy crecidas, porque si nosotros, que caminamos en hombros de caballeros (y es así, en lo llano caminaban en literas de acémilas, y en los malos pasos, ó cuestas, en literillas de hombros), comiendo á cada paso gallinas, capones, manjar blanco, con todo el regalo posible, y no nos podemos valer del frio por la destemplanza del aire y altura de la tierra, los desventurados que andaban por aquí á pie, descalzos, las armas acuestas, con un poco de maíz tostado y papas cocidas, conquistando el reino á Su Majestad ¿qué no merecen, y por ellos sus hijos? Palabras verdaderas que procedieron de un ánimo cristiano, benignísimo, muy prudente y gran servidor de Su Majestad, pues conocia las mercedes que Su Majestad, para descargo de su conciencia, debia hacer á los descendientes de los conquistadores; pero es la desventura de los conquistadores, pobladores, y de los que de muchos años en estas partes vivimos, ó por mejor decir, son nuestros pecados, y de nuestros padres, que no hay quien venga de España, en la cual no se saben tener en una burrica, ni limpiar las narices, ni en su vida echado mano á la espada, (helos visto, en todo género de estado), que no les paresca, los que vivimos en estos reinos de antiguo, que somos poco menos que indios, y merecen ellos más en venir, que los miserables conquistadores, pobladores, ni sus hijos é nietos, ni los que ayudan á sustentar este reino y lo han ayudado á sustentar de cincuenta años á esta parte; pero hase de cumplir como se ha cumplido y se va cumpliendo, que por ser un discurso notable lo quiero escrebir.

En el reino de Chile hay una ciudad llamada Valdivia, de la cual tractaremos cuando de aquel reino tractaremos; poblóla don Pedro de Valdivia, el primero gobernador de aquella tierra; fué muy rica de oro y de indios; estaba el don Pedro de Valdivia en la plaza sentado en un poyo arrimado á la pared de la iglesia, en buena conversacion, alegre, con otros vecinos conquistadores con él allí asentados; levantóse á deshora y comenzóse á pasear delante dellos, la cabeza baja y mustio; admirados los vecinos, uno dellos le preguntó: Señor, ¿no estaba vuestra merced agora (no habia señoria para los gobernadores) aquí con nosotros en buena conversacion y alegre? ¿qué tristeza es esa? Respondió: Rueguen vuestras mercedes á Nuestro Señor por mi salud; paréceme tengo de vivir poco (y no vivió seis meses), y la causa de parecer estoy triste es que se me ha representado aquí agora que están en Valladolid (la corte residia allí entonces) los niños en las cunas y otros que se andan paseando ó pasearán por ella muy pintados con medias de aguja y zapatos acuchillados, que han de venir á gozar de nuestros trabajos, y nuestros hijos é nietos han de morir de hambre; si así pasa, testigo es todo el reino, éste y el otro, y el otro.

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