La Madre Naturaleza by Emilia Pardo Bazán — Read

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Después de comer, transcurrida la hora sagrada de la siesta, Gabriel sintió otra vez llamar a su puerta, no con los nudillos y desdeñosamente como por la mañana, sino con el batir imperioso de una manecita que manifiesta cierta cordialidad y deseo de ver pronto a la persona que busca. Saltó el comandante del canapé en que se había recostado, más a leer que a dormir. Como todo hombre de hábitos intelectuales, Gabriel, al llegar a los Pazos, había buscado algún alimento del alma, alguna lectura: el obsequioso Gallo le había ofrecido sus periódicos (el señor los leía también al día siguiente); pero Gabriel, recordando haber visto por la mañana en el archivo un armario-estantería donde encima de las oscuras encuadernaciones de antiguos libros relucía algún filete de oro, se fue allá terminada la comida. Al abrir las hojas forradas, en vez de vidrios, de rejilla de alambre, salió una tufarada de moho, de polvo, de humedad; cenicientas polillas huyeron despavoridas de su refugio predilecto. No se arredró: fue sacando volúmenes. Cada libro que abría era un depósito de larvas, una red de túneles abiertos por el diente del insecto bibliófilo: y el cadáver del siglo XVIII se alzaba de su sepulcro, todo comido de gusanos: allí estaban, calados y alicatados por la polilla con mil pintorescos dibujos, La Enriqueida, El Contrato Social, la Moral universal, las Confesiones, la Nueva Heloísa: y también las novelas del género sentimental interminable; Clara Harlowe, Pamela Andrews, a las cuales las ratas, por no ser menos que los bichos, habían roído los cantos y puesto como una sierra el borde de las hojas. Lo único que encontró Gabriel en mediano estado fueron las obras de Feijóo y Sarmiento, unos tomos del Viajero universal y un ejemplar de los Nombres de Cristo, así como la traducción del Cantar de los cantares, también del Maestro León. Llevose para su cuarto lo más aceptable, y recordando sus aficiones filosóficas, se hundió en las luminosas simas platónicas de los Nombres. Pero entre su vista y la hoja de grueso papel en que el tiempo había derramado un baño de ámbar, se interponían dos ojos serenos y ariscos, ojos de novilla virgen, que miraban con despego primero y con pensativa curiosidad después. ¡Qué aprisa soltó el libro al oír llamar!

-¿Está cansado? Si no, es hora de ir saliendo.

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