Explore "La Madre Naturaleza" by Emilia Pardo Bazán on Textopian. Read with annotations and highlights.
La rectoral de Ulloa, en poder de su actual párroco, era la mansión más apacible y sosegada. El cura vivía con un criado, y no pisaba los aposentos otro pie femenino sino el de las mozuelas que en Pascua florida venían a traer las acostumbradas cestas de huevos, los quesos y los pollos -en cantidad bien escasa, pues el señor abad no exigía, y los labriegos se aprovechaban, contentándole con poco y malo.
El criado era uno de esos fámulos eclesiásticos que sólo pueden compararse con los asistentes de militares, porque además de una lealtad canina, son seres universales y andróginos, que reúnen todas las buenas cualidades del varón y de la hembra. El del cura de Ulloa podía servir de modelo. Lo poseía por herencia de otro cura del arciprestazgo, a quien Goros -que así se llamaba el sirviente- había cuidado y asistido hasta el último instante en una enfermedad larga y cruel, con tanto esmero como la enfermera más solícita. Al encontrar a Goros, el cura de Ulloa resolvió el problema que él juzgaba más arduo: arreglar la vida práctica sin admitir en casa mujeres. Goros tenía cuidado de levantarse por la mañana muy temprano, y de despertar a su amo, pues según decía él en dialecto, demostrando su pericia en asuntos de la vida eclesiástica, el clérigo y el zorro, si pierden la mañana, lo pierden todo; y cuando el párroco volvía de misar, le aguardaba ya un chocolate hecho al modo conventual, con una onza de cacao mitad caracas y mitad guayaquil, macho y sin espuma, confortativo como él solo. Mientras su amo rezaba, leía o asentaba alguna partida en el registro parroquial, Goros se dedicaba a guisar la comida, no sin haber entregado a medio día la llave de la iglesia al sacristán, para que tocase a las Ave-Marías. A la una, contada por el sol, único reloj de que se servía Goros para averiguar la hora que estaba al caer, llamaba a su amo y le servía con diligencia la apetitosa aunque frugal refacción: la taza de caldo de patatas o verdura con jamón, tocino y alubias de cosecha, el cocido con cerdo y garbanzos, el estofado de carne con cebollas, la fruta en el verano, el queso en invierno, el vinillo clarete, con olor a silvestre viola. El cura comía parcamente, distraído, pero así y todo, Goros notaba sus inconscientes golosinas, sus instintivas preferencias, y no se olvidaba jamás de acercarle la tartera cuando el guisote le había agradado, ni de dorarle la sopa de pan, porque sabía que le gustaba así. Por la tarde, cuando el cura dormía su breve siesta o recorría el huerto con las manos a la espalda embelesándose en notar lo que había crecido desde el año pasado un arbusto, o se iba a visitar a algún feligrés enfermo o a cuidar del ornato de la iglesia y el cementerio, lidiaba el bueno de Goros con la hortaliza, cavaba las patatas, plantaba coles, enviaba al pasto con un zagal de pocos años el ganado vacuno y la yegua, y luego bajaba al río, y con sus propias manos, cual otra Nausicaa, lavaba toda la ropa blanca, que lo hacía primorosamente, así como aplancharla y estirarla, sirviéndose de una de esas planchas antiguas, en forma de corazón, que ya no se ven sino arrumbadas en los desvanes. No eran estas las únicas habilidades femeniles de Goros. Había que verle por las noches, a la luz de una candileja de petróleo, provisto de un dedal perforado por arriba y abajo, de los que usan las labradoras, bizcando del esfuerzo que hacía para concentrar el rayo visual y enhebrar una aguja, apretando entre las rudas yemas de sus dedos el hilo que antes había retorcido y humedecido para aguzarlo; y cumplida la ardua faena de enhebrar, y encerando la hebra con un cabo de cera, dedicarse a pegar botones a los calzoncillos, echar remiendos a las camisas, poner bolsillos nuevos a los pantalones y aun zurcir las punteras de los calcetines del cura; todo lo cual no iría curioso, pero sí muy firme, como los cosidos del diablo. ¿Qué más? En las largas veladas de invierno, junto a la lumbre de sarmientos que chisporroteaba, acurrucado en el banco, Goros, con sus manos cansadas de labrar la tierra todo el día, aquellas manos peludas por el dorso, callosas por la palma y los pulpejos, zarandeaba cuatro agujones de hacer calceta, y a eso se debían las buenas medias de lana gorda con que abrigaba pies y pantorrillas el señor cura.