La Madre Naturaleza by Emilia Pardo Bazán — Read

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Muchas veces bajaba el marqués de Ulloa a la científica tertulia de su cocina, sobre todo en invierno, cuando los vastos salones estaban convertidos en una nevera, y el lar con su alegre chisporroteo convidaba a acurrucarse en el banquillo del rincón y dormitar al arrullo de las discusiones. En verano, y habiendo labores agrícolas emprendidas, prefería don Pedro el corro al aire libre de los jornaleros y jornaleras, donde se comentaban verbosamente los mínimos incidentes del día, el peso y el color de la espiga, el grueso de la paja. Y en todas estaciones, podía asegurarse que el hidalgo, a las diez y media, estaba retirado ya en su dormitorio.

No lo había escogido como necio: era una habitación contigua al archivo, y aunque no de las mayores de la casa, abrigada del frío y del calor por lo grueso de las paredes. Parecía un nido de urraca, tal revoltillo de cachivaches había en ella. Olía allí a perro de caza, y a ese otro tufillo llamado de hombre, siendo cosa segura que no lo despide ningún hombre aseado, y sí el tabaco frío, la ropa mal cuidada y el sudor rancio. Escopetas, morrales, polainas raídas, sombreros de distintas formas y materias, bastones, garrotes, cachiporras, calabazas, frascos de pólvora, mugrientos collares de cascabeles, espigas enormes de maíz, conservadas por su tamaño, chaquetones de somonte, pantalones con perneras de cuero, yacían amontonados por los rincones, cubiertos con una capa de polvo, sobre la cual era dable, no sólo escribir con el dedo, sino hasta grabar en hueco con buen realce. Único mueble serio de la habitación era la cama, de testero salomónico y fondo de red, y la vasta mesa-escritorio, forrado por delante de un cuero de Córdoba que lucía los encantadores tonos pasados y mates del oro, la plata, los rojos y azules que suelen prevalecer en tan hermoso producto de la industria nacional. En el centro, sobre un medallón de damasco carmesí rodeado de orlas de oro, estaba pintado el montés blasón de los Moscosos, las cabezas de lobo, el pino y la puente. Al hidalgo le servía la mesa para toda clase de menesteres y usos. Allí picaba tabaco y liaba cigarrillos; allí amontonaba su escasa correspondencia, haciendo oficio de prensapapeles una pistola de arzón inservible; allí tenía libros de cuentas que no consultaba jamás, así como mazos de plumas de ganso y otras de acero comidas de orín, al lado de una resma de papel sucio por las orillas ya, aunque su virginidad estuviese intacta; allí rodaba la cajita de píldoras contra el estreñimiento y el cajón de ricos habanos, el rollo de bramante y la navaja mohosa; y cuando venía el tiempo de las perdices y don Pedro intentaba reverdecer sus lauros cinegéticos, allí se cargaban a mano los cartuchos y allí se limpiaban y atersaban a fuerza de gamuza y aceite las mortíferas armas.

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