Fragmentos de un libro. Estudios literarios.…

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Las flores del mal, la obra poética de Carlos Baudelaire, me ha producido siempre la impresión del jardín misterioso de un parque antiguo, tal vez aquel en donde Barbe Bleu, el mariscal satanista, el misterioso demonólogo, el hombre que ha bajado a lo más profundo quizás en la cripta de la perversión humana, herborizaba colectando simples, al claro de luna de una noche de Sabat.

Extraña poesía, ¡rara floración de venenosos efluvios! La tuberosa y la jusquiama,1 la belladona y el acónito ensanchan sus hojas brillantes y sombrías como discos de cobre damasquinadas de plata, o ásperas y membranosas como las alas del murciélago. En tan sombría floresta no cantan las aves ni las abejas bordonean; las arañas tienden sus hebras de plata en los follajes; las cantáridas al volar lucen las esmeraldas de sus élitros y las mariposas tropiezan en su vuelo, ebrias ya con la morfina libada en las amapolas rojas. Ahí, en ese jardín en donde las corolas, como vengadoras amantes, arrojan el vitriolo en vez del néctar, ahí donde las gruesas lianas cuelgan como los tentáculos, en ese teatro, se representan las escenas de un drama inquietante. La malabaresa,2 la venus bronceada a quien amó Baudelaire, se pasea, buscando con nostálgica mirada aquellos árboles de la India que, como dice Loti, "parecen hechos de plumas gigantescas". Por ahí discurre el malayo a quien el opiófago De Quincey hizo su esclavo al regalarle un bocado de opio, y en aquel lugar parecen haberse dado cita, llamados por el hospitalario poeta, todos los sentimientos antaño proscritos, todos los estados de ánimo en tiempos anteriores desterrados del corazón y del cerebro y confinados en infamantes ostraciones3 a lo más oscuro de la conciencia humana. La duda impía, el corrosivo spleen, el amor sádico, el mórbido hastío, la orgullosa blasfemia, el tropel de tropas bacantes, surgen de sus cárceles, y muestran a la luz del sol sus faces demacradas.

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