
Federico García Lorca dedica "Invocación al laurel" a Pepe Cienfuegos y sitúa la escena en un anochecer del año 1919, cuando la noche avanza sobre un horizonte confuso y doliente, preñada de estrellas. El yo poético se compara con el barbudo mago de los cuentos, pues afirma conocer los lenguajes de las flores y las piedras. Dice haber aprendido secretos de melancolía pronunciados por los cipreses, las ortigas y las yedras, haber sabido del ensueño por boca del nardo y haber cantado canciones serenas junto a los lirios. En el bosque antiguo, lleno de negrura, todos los elementos le muestran su alma: el pinar, borracho de aroma y sonido; los olivos viejos, cargados de ciencia; los álamos muertos, convertidos en nidales de hormigas; el musgo, nevado de blancas violetas. Todo le habla dulcemente al corazón, envuelto en los hilos sonoros del agua, que teje sobre las cosas quietas una telaraña de armonía eterna. Las rosas sueñan en la lira, las encinas tejen oros de leyendas, y entre la tristeza viril de los robles los enebros dicen temores de aldea. El poeta declara comprender toda la pasión del bosque, el ritmo de la hoja y el ritmo de la estrella, y pregunta a los cedros si su corazón podrá dormir en los brazos de la luz perfecta. Se dirige a la rosa afirmando conocer la lira que ella presiente, pues formó su cordaje con su propia vida muerta, y le pide que le diga en qué remanso podrá abandonarla, como se abandonan las pasiones viejas. Se dirige después al ciprés, declarándose su hermano en la noche y en la pena, pues ambos tienen la entraña cuajada de nidos: el ciprés de ruiseñores y el poeta de tristezas. Luego invoca al padre olivo, reconociendo su encanto sin fin al entregar la sangre que extrae de la tierra, y afirma que él, como el olivo, extrae con su sentimiento el óleo bendito que contiene la idea. El poeta se lamenta de que todos esos seres lo abruman con sus propias canciones, mientras él solo pregunta por la suya, que permanece incierta, sin que ninguno quiera sofocar las ansias del fuego casto que le quema el pecho. Entonces se vuelve hacia el laurel, al que llama divino, de alma inaccesible, siempre silencioso y lleno de nobleza, y le pide que vierta en sus oídos su historia divina y su sabiduría profunda y sincera. Lo nombra árbol que produce frutos de silencio, maestro de besos y mago de orquestas, formado del cuerpo rosado de Dafne con la savia potente de Apolo en sus venas. Lo llama también gran sacerdote del saber antiguo y mudo solemne cerrado a las quejas, y observa que, mientras todos sus hermanos del bosque le hablan, solo el laurel, severo, desprecia su canción. El poeta imagina que quizá el laurel, maestro del ritmo, medite sobre lo inútil del triste llorar del poeta, y que acaso sus hojas, manchadas de luna, pierdan la ilusión de la primavera. Finalmente, la dulzura tenue del anochecer tapiza como negro rocío la senda, sirviendo de inmenso dosel a la noche, que llega grave y preñada de estrellas.
By Federico García Lorca · First published 1921 · Genre: Lyric Poetry, Modernist Poetry, Symbolic Poetry · 644 palabras
_1919_ / A PEPE CIENFUEGOS
Por el horizonte confuso y doliente / Venía la noche preñada de estrellas. / Yo, como el barbudo mago de los cuentos, / Sabía lenguajes de flores y piedras.
árboles · bosque · naturaleza · personificación · apostrofe · poesía · melancolía · tristeza · nostalgia · noche · anochecer · silencio
Invocación al laurel figura en Textopian como poema de Federico García Lorca, con fecha de 1921 d. C.
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