Explore "Tiempos recios" by Mario Vargas Llosa on Textopian. Read with annotations and highlights.
Sudaba copiosamente. No era el calor, pues desde la cama veía las aspas del ventilador girando de prisa sobre su cabeza y sentía en la cara el vientecito que despedían. Era el miedo. No había sentido un miedo así nunca antes, al menos que recordara, ni siquiera el día que supo que habían asesinado al Jefe y que, probablemente, con ese asesinato su suerte se haría trizas y tendría que vivir en el futuro a salto de mata. Acaso fugarse al extranjero. Pero aquello había sido tristeza, rabia, soledad, no miedo. Miedo era lo que sentía ahora, un miedo que lo tenía sudando un sudor frío que le empapaba la camisa y el calzoncillo y le hacía castañetear los dientes. A ratos le venían rachas de escalofríos que lo paralizaban y debía contenerse, con gran esfuerzo, para no llorar a gritos pidiendo socorro. ¿Socorro a quién? ¿A Dios? ¿Acaso creía en Dios? ¿Al Hermano Cristóbal, entonces?
Estaba amaneciendo; veía una lucecita azul allá en el horizonte que iría creciendo y le mostraría el huerto de su casa en Pétionville, con sus árboles frutales, sus jacarandás y enredaderas. Pronto las gallinas comenzarían a cacarear y los perros a ladrar. Con el día y la luz el miedo disminuiría y él tendría que dominarlo del todo antes de ir a la embajada dominicana, donde lo habían citado a las once de la mañana. ¿Se dignaría recibirlo el embajador o volvería a conversar sólo con ese cónsul del traje entallado, los anteojos de búho y la vocecita aflautada? ¿Tendría ya una respuesta de Balaguer? Pensó con vergüenza que nunca hubiera imaginado que un día, impulsado por el miedo, recurriría a ese maldito hombrecillo, el Presidente Joaquín Balaguer, para que les salvara la vida a él, a Zita, su mujer, y a sus dos hijas pequeñas. ¿Le contestaría Balaguer en persona? ¿Haría ese gesto de magnanimidad, «perdonándolo», y repatriándolos a él y su familia?