Explore "El Danubio" by Claudio Magris on Textopian. Read with annotations and highlights.
En primer lugar, ese grifo no existe. Recorrer de nuevo el itinerario de Amedeo no resulta difícil. Desciendo los pocos metros que separan mi banco de las fuentes del Breg y remonto el prado, mojándome calcetines y zapatos, en dirección a la casa. El agua brilla entre la hierba, el manantial fluye tranquilo, el verdor de los árboles es agradable, y también su olor. El viajero se siente un poco torpe y mezquino y advierte la objetividad superior del marco que le rodea. ¿Es posible que esos arroyuelos del prado sean el Danubio, el río de los superlativos, como ha sido llamado, con su cuenca de ochocientos diecisiete mil kilómetros cuadrados y los doscientos mil millones de metros cúbicos de agua que arroja cada año en el mar Negro? El riachuelo, que unos centenares de metros más abajo huye y resplandece veloz, merece ya el epíteto de «bellacorriente» con el que Hesíodo define el Istro.
Los pasos hacia la casa se me antojan frases en una hoja de papel, el pie palpa el terreno pantanoso y sortea un charco de la misma manera que la pluma avanza y atraviesa el espacio blanco de la hoja, evita un atasco del corazón y del pensamiento y sigue adelante como si fuera una mancha de tinta, fingiendo haberlo superado, cuando tan solo lo ha esquivado y dejado atrás, irresoluto y resbaladizo. Escribir debiera ser como esas aguas que corren entre la hierba, pero esa frescura espontánea, tímida a la vez que inagotable, ese canto humilde y tortuoso de la vida se parece a la mirada absorta y profunda de Maddalena, y no a la turbia aridez de la escritura, conducción de agua cuyo funcionamiento es a menudo defectuoso.