Las herencias ocultas by Carlos Monsiváis — Read

Explore "Las herencias ocultas" by Carlos Monsiváis on Textopian. Read with annotations and highlights.

En la recuperación de Ramírez o de cualquiera de sus coetáneos, un tema arduo es su retórica, el sistema de modos de decir, la elocuencia sólo apreciable en un momento específico, el vigor cultural que dura apenas unos años. Al jubilarse el idioma oratorio y disiparse las resonancias de sus efectismos, es penosa la reconstrucción arqueológica de textos y contextos históricos y culturales. Pero en sus discursos, los grandes liberales siempre tienen algo que decir, nunca son gratuitos aunque, inevitablemente, el exceso los acerque al galimatías. Tómese el discurso cívico de Ramírez el 16 de septiembre de 1861, en la Alameda de la Ciudad de México, en memoria de la proclamación de la Independencia. A la luz de una lectura contemporánea, el tono es grandilocuente y «marmóreo», pero en 1861, con otra invasión cercana y apenas derrotados los conservadores, es notable la euforia pedagógica y patriótica de Ramírez: allí está el combatiente, el ideólogo, el periodista, en su dimensión de tribuno, es decir, de maestro de una colectividad básicamente iletrada, necesitada de entender sus vidas desde perspectivas más amplias. Así inicia el discurso:

Conciudadanos: Hacer de la fraternidad el grito de guerra para una nación oprimida, y la cuna de sus instituciones, no fue la inspiración de Moisés, que sobre todas las clases levantó al levita, ni fue el programa de Mahomet, que con la sangre de los infieles alimentaba su espada, ni ese acento de redención se escapó de los labios de Washington, que antes bien, a ejemplo del primer Bruto, retiró el manto de la República de las espaldas del esclavo: sólo el grande libertador de México ha tenido valor para llamar, las primeras, bajo su glorioso estandarte, a las turbas envilecidas. Hidalgo, en la aurora del 16 de septiembre de 1810, arrojó el guante, no solamente a los españoles, sino a la nobleza, al clero, a todas las autoridades, a todas las clases, a todas las razas, a todos los individuos que pudieran tener la pretensión de colocarse más arriba de la soberanía popular ; nosotros, los que como título de nobleza legaremos a nuestros hijos la herencia de nuestros padres, un lugar en lo que el orgullo y la ambición llaman la vil muchedumbre, en este glorioso aniversario, recordamos las hazañas de aquel caudillo que puso bajo nuestros pies todas las coronas que no podía ceñir a su frente, todos los cetros que no podía colocar en nuestras manos, y que supo improvisarnos un trono del sueño nacional y un dosel del estrellado firmamento.

Reading navigation