Explore "Las herencias ocultas" by Carlos Monsiváis on Textopian. Read with annotations and highlights.
En su poesía, nunca muy afortunada, Altamirano se atiene al lirismo repetitivo, pleno de asombro ante la Naturaleza (imprescindible en un temperamento humanista). En sus novelas, exige la participación moral del lector, que si no se indigna no capta lo inmisericorde de la vida social, los prejuicios de clase y raza. Hay creencias compartidas y la época desborda mensajes y moralejas; Altamirano, tan agudo y crítico al hablar de la educación y la política, se somete a varios de los grandes lugares comunes, digamos la inspiración; digamos el estilo que transparenta el alma; digamos el poder de las evocaciones como raíz de las costumbres; digamos la introspección social en la índole de «Si todos éramos así en la infancia, la unidad es posible». Como todos, Altamirano reverencia la poesía; como demasiados, cree en la aristocracia del espíritu. Sin embargo, no admite el arte preciosista ni el exceso, y se atiene a un pro grama literario: «Estudiar la Naturaleza, copiarla y acentuar la verdad de sus manifestaciones, con la belleza ideal que es la poesía de lo verdadero». A su ascetismo lo ayuda su carácter de soldado de la Reforma, orientado por la noción del bien común; y a su literatura la limita su incomprensión del modernismo hispanoamericano de fines del siglo XIX, con su adoración por la forma, su ilusión emblemática (la torre de marfil) y su método -la pureza verbal-, que exorciza el «primitivismo» circundante. A don Ignacio le llegan tarde las magias del modernismo.
Narrar es diseminar ejemplos. Clemencia, La Navidad en las montañas, El Zarco o El maestro de escuela son o quieren ser fábulas o parábolas morales, derivaciones de la idea magisterial de la literatura, sitios de encuentro entre la sensibilidad y la enseñanza. Leer es elegir conductas lícitas y apropiadas. Así, ¿cuál es el tema último de Clemencia? El gravísimo, mortal error de fiarse de las apariencias. Recuérdese muy sucintamente la trama. A fines de 1863, en las horas de la invasión francesa, llega a Guadalajara el ejército liberal, y entre los oficiales dos comandantes opuestos por entero: Enrique Flores es guapo, simpático, en cantador, «idolatrado por los soldados, muy querido por sus compañeros y el favorito de su jefe»; Fernando Valle es taciturno, hosco, distraído, reservado; «este joven tenía aspecto repugnante y, en efecto, era antipático para todo el mundo». En el asueto forzado, frecuentan a dos bellas señoritas, Isabel y Clemencia, que desprecian el torpe cortejo de Fernando y adoran las zalamerías de Enrique. A la salida de Guadalajara, Valle descubre la traición de Flores, que le ha vendido al enemigo el secreto de los desplazamientos de tropa. Por sentido del deber, lo denuncia, y a Flores lo condenan a muerte. Segura de que Valle calumnió por venganza a su rival de amores, enloquecida, febril, Clemencia intenta salvar a Enrique, convence a su padre para que ofrezca una fortuna por su libertad, e insulta con ferocidad a Valle. Éste, desesperado, convencido de que la vida no le depara ya felicidad alguna, va al calabozo de Flores, lo deja huir y se sacrifica con tal de que Clemencia conserve a su adorado. El traidor huye a reunirse con los franceses, a Valle lo fusilan y Clemencia, destruida por el remordimiento, ingresa a un convento.