Tormento by Benito Pérez Galdós — Read

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En cuanto Amparo se quedó sola, faltole tiempo para ver y examinar lo que había recibido. En blanco estaba el papel que envolvía los billetes, los cuales, ¡oh prodigio!, representaban suma doscientas veces mayor que la que Bringas acostumbraba darle todos los sábados. Ella miraba el papel azul creyendo encontrar algún signo, alguna cifra que fuesen expresión de la magnanimidad de aquel hombre santo, angelical, único; pero no había nada, ni un rasgo de pluma. Tal laconismo superaba en elocuencia a los mejores párrafos. Amparo le trajo a su memoria con vivo esfuerzo del espíritu, y creía estarle viendo, al través de la puerta del despacho, sentado y con un periódico en la mano, mientras Bringas le decía a ella las desabridas palabras: «¡hija, otra vez será!».

Grandísima fue la confusión de la joven al pensar qué haría con aquel dinero. Devolverlo era un acto orgulloso que ofendería al donador. ¡Y verdaderamente le hacía tanta, tantísima falta.! El casero la acosaba y no la dejaban vivir acreedores igualmente feroces. Sí, sí, lo mejor que podía hacer era humillarse ante la majestad de aquella alma grande y aceptar el socorro para atender a sus congojosas necesidades. Él no lo hacía por vanidad de hombre rico; hacíalo por puro anhelo de caridad y amor. ¿Cómo desairar estos dos sentimientos que, según la religión, son uno solo?

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