Explore "Los muros de agua" by José Revueltas on Textopian. Read with annotations and highlights.
Desde que a Prudencio lo llevaron al hospital -destrozado y con una fractura en el cráneo-, le había crecido la cabeza de una manera extraordinaria. Se trataba de una cabeza ancha, descompuesta como por un espejo convexo, en la cual los cabellos surgían ásperos, difíciles. En realidad había muerto y hoy era un niño medio azul, oloroso a mercuro-cromo, con un aire levemente siniestro que recordaba termómetros de hielo, dolorosas pinzas dentales y vendas infinitas: materias todas de enfermedad, de quirúrgica locura. Le había crecido la cabeza como si este crecimiento correspondiese, en efecto, al trastorno interior, menudo y fino -apenas de mínimas raíces, arbolillos de arterias-, donde las cosas ocupaban ya otro sitio. Sus pensamientos, dentro de la crecida cabeza, eran de una calidad extraña, borrosa, llenos de inverosímiles posposiciones. (Laredo era una ciudad aplastada y cenicienta, de perros flacos, que se echaban a lo largo de la carretera internacional para ver pasar a los gringos con sus cámaras. Luego las lentes eran gruesas, descomunales, y a través de ellas se veían los huesos de las manos, como por rayos X. En general también caían rayos, en Laredo, durante las noches de tormenta, cuando el viento aullaba: «Jesús, Jesús», y los niños esperaban algo de San Isidro el Labrador, que ponía el sol. ¡Ah! ¡Y La Tejanita! )
La Tejanita -como le llamaban en Laredo- era la mujer de Prudencio. Usaba un español descompuesto por chocantes neologismos (binses, en lugar de frijoles, bonche, en lugar de conjunto o grupo numeroso -«había un bonche de gente»-, y giros por el estilo), y un inglés rudo, sin belleza, lleno de furiosos apócopes y del que se valía para comprar objetos en las tiendas del «otro lado». No obstante era muy graciosa, con su naricilla respingada y sus pecas, sus ojos azules y sus vestidos deportivos.