Pueblo en vilo by Luis González y González

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La falta de sujeción a la ley y a la autoridad civil contrastaba con la entrega al gobierno eclesiástico y los mandamientos religiosos. Con poca instrucción, sin culto público y no exenta de supersticiones, la vida religiosa conservó su exuberancia. Una parte sobresaliente de ella la constituía el trato directo, físico, con seres del más allá. Nadie dudaba de las apariciones del diablo y las ánimas del purgatorio; nadie dejó de toparse alguna vez con seres sobrenaturales, con fantasmas de varia índole.

Los ejercicios religiosos se acrecentaron. Un ejercicio común y corriente fue el rezo del rosario al amanecer y al anochecer. Muchos recorrían 10 y hasta 20 kilómetros para oír misa dominical de alguno de los pueblos cercanos. Las imágenes de San José, la Virgen de Guadalupe, San Juan, San Isidro Labrador y Santiago, eran las más frecuentadas. Casi nadie prescindía de la confesión anual, el pago de los diezmos y el riguroso ayuno durante los 40 días de la cuaresma. Casi todos se sabían el rezado de principio a fin: padrenuestro, credo, avemaría, mandamientos, todo fiel. , yo pecador, Señor mío Jesucristo. , la magnífica, las letanías y numerosas jaculatorias. Nadie dudaba de ninguno de los artículos de la fe. El cielo, el infierno y el purgatorio eran tan reales como la noche y el día.

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