Pueblo en vilo by Luis González y González

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Suele definirse el gobierno de don Porfirio Díaz como una época de paz, prosperidad económica, consolidación de la nacionalidad y dictadura. Don Daniel Cosío Villegas ha demostrado que la paz porfírica no fue tan general ni tan firme como se supone.[1] De cualquier manera, comparada con la de cualquier periodo anterior desde la Independencia, parece más sólida. Don Pedro Henríquez Ureña asegura que la prosperidad porfiriana sólo alcanza a las capas superiores de la población.[2] No por eso deja de ser deslumbradora con sus trenes, máquinas y palacios. Tampoco cala muy hondo la consolidación nacional por medio de la educación pública, la promulgación de códigos y la propaganda nacionalista, pero no se pueden ignorar las escuelas relumbrantes del positivismo, la varia codificación y el difundido sentimiento «de una patria pomposa, multimillonaria, honorable en el presente y epopéyica en el pasado».[3] La dictadura y el caciquismo también tienen sus menos. El dictador se muestra paternal y oportunista y no toda su cauda de caciques es por igual espinosa. En todo caso las virtudes y los vicios del régimen de Díaz son notorios en las ciudades; cunden en vastas superficies del México rural, pero no penetran en todos los rincones del país.[4]

De los ingredientes del porfiriato, únicamente uno afecta de modo directo al terruño de esta historia. Acá no llega ninguna de las modernas vías de comunicación y transporte construidas por el régimen. Tampoco innovaciones técnicas ni capital extranjero alguno. Y esto queda olvidado por el gobierno de la República, por los gobernadores de Michoacán, por los prefectos de Jiquilpan y, en buena medida, por los munícipes de Sahuayo y los jefes de tenencia de Cojumatlán. Como de costumbre, queda al margen de la vida pública. Aquí nadie se percata de que los odios preferidos de Porfirio Díaz y sus corifeos eran la libertad de expresión y de trabajo. Aquí no se sufren los abusos de los jefes políticos; aquí no se recae en el latifundismo, ni se cae en el peonaje. Sólo se respira la paz y a su sombra entra en escena una generación de rancheros más venturosa que las precedentes, que hace crecer y prosperar su pequeño mundo casi sin ayudas exteriores, y sin ninguna oficial.

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