Explore "Pueblo en vilo" by Luis González y González on Textopian. Read with annotations and highlights.
El general Plutarco Elías Calles llega a la presidencia de la República el 1.º de diciembre de 1924 y no tarda en manifestar su odio contra los curas. La burocracia le hace coro. La agitación anticlerical prohíja el nacimiento de una Iglesia Apostólica Mexicana que consigue un patriarca Pérez, el templo de La Soledad y casi ninguna clientela. Fracasado el cisma, se emprende la aplicación rigurosa de los artículos 3, 5, 24, 27, 32 y 130 de la Constitución General de la República. La reglamentación del artículo 130 dispone el registro y la reducción del número de sacerdotes. Poco antes de la llamada Ley Calles, los oradores en el Congreso Eucarístico Nacional celebrado en México del 4 al 12 de octubre, al que asistió un par de josefinos, el obispo de Huejutla, el historiador Mariano Cuevas, el abogado Miguel Palomar y otros, hablan de «luchar por la Iglesia y de salvar a la Patria».[1]
Un poco después una carta pastoral colectiva lanzó a los cuatro vientos grave advertencia: «Ha llegado el momento de decir non possumus». El 25 de julio de 1926 otra pastoral colectiva incitó a los fieles a imitar «la constancia de los primeros cristianos [. ] que murieron como buenos, logrando que su sangre fuese semilla de nuevos y nuevos convertidos». Al mismo tiempo se propaló la noticia de que «la Iglesia no [. ] aprobará un levantamiento en armas, pues sería perjudicial para el pueblo y el país». Se remachó: «La Iglesia se opone absolutamente al empleo de la fuerza armada para solventar los problemas de México». Pero lo cierto es que los prelados andaban divididos. «Unos -escribe Jean Meyer- se pronunciaban en favor de la resistencia activa -política-, otros por la resistencia pasiva (hasta el martirio) y otros por la perseverancia en la vía constitucional». Los más negaban a los católicos laicos el derecho a levantarse, pero no faltarían tres que los indujeron a tomar las armas contra un gobierno tan agresivamente antirreligioso. De hecho, en un momento dado todos los obispos prohibieron la insurrección y a la vez autorizaron a la Liga de Defensores de la Libertad Religiosa a decidirse por la guerra. Comoquiera, los ligueros, gente catrina de ciudad, no eran capaces de armar revolufia alguna contra Calles.[2]