Ulises criollo by José Vasconcelos — Read

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La costa de Campeche, cenagosa y de poco fondo, impide que los buques se acerquen al muelle. Para encontrarlos a cuatro o cinco millas del puerto, el vaporcito de la Aduana se movía semanariamente, seguido de un cortejo de lanchas y pontones para la carga y descarga. Y reinan, en cambio, junto a la playa, los pescadores. Mi padre, natural de tierra adentro, no tenía gran afición a los deportes del mar. Con todo, la facilidad para disponer de la hermosa falúa «del resguardo» y, en caso necesario, también del vaporcito, indujo a que varios domingos saliéramos de pesca. Reclinados sobre la borda del bote contemplábamos la hinchazón de las ondas, poderosa aun en el interior de un mar en calma; gozábamos del empuje lento y triunfal de las velas o nos extasiábamos ante la fugacidad de las nubes en el firmamento azul. Al llegar a los sitios elegidos se arriaban las velas, recibíamos cada uno su anzuelo, se ensartaba la carnada, y a probar suerte jalando al sentir el tirón del pez. Tensa la atención nos sobresaltaba sacar alguna presa pequeña; después me aburría tener el pensamiento en la presa y lo dejaba volar ondulando como las gaviotas por el espacio sin fin. Ya que entre todos se había llenado un perol de robalos, los marineros prendían lumbre sobre cubierta, y asaban o freían el pescado. O bien, si la excursión había sido formal, nos trasladábamos al vaporcito para comer en regla en el estrecho comedor, bien surtido, sin embargo, de vinos, conservas y pastas. ¡Ay! , sin el mareo, todo hubiera resultado estupendo. Por desgracia, una o dos horas después de la gran comida, la cabeza clavada en espera otra vez del tirón al anzuelo, empezaba a sentir náuseas, dolor en las sienes y una decisión desesperada de vender el alma a cambio de un metro de tierra firme.

Panorama de Tlacotalpan, por Julio Montalvo

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