Explore "Ulises criollo" by José Vasconcelos on Textopian. Read with annotations and highlights.
Regresábamos de un paseo «al otro lado». La mañana estaba luminosa y tibia. Leves gasas de niebla borraban el confín, se esparcían por la llanura. Serían las once de la mañana y comenzaba a quemar el sol. Desde el puente contemplábamos la margen arenosa, manchada de grama y mezquites, cortada de arroyos secos. En suave ondulación baja el terreno hacia la cuenca del río que corre manso. De pronto, nacidos del seno humoso del ambiente, empezaron a brillar unos puntos de luz que avanzando, ensanchándose, tornábanse discos de vivísima coloración bermeja o dorada. Con mi madre y mis hermanas éramos cinco para atestiguar el prodigio. Al principio creíamos que se trataba de manchas producidas por el deslumbramiento de ver el sol. Nos restregábamos los ojos, nos consultábamos y volvíamos a mirar. No cabía duda; los discos giraban, se hacían esferas de luz; se levantaban de la llanura y subían, se acercaban casi hasta el barandal en que nos apoyábamos. Como trompo que zumbara en el aire, las esferas luminosas rasgaban el tenue vapor ambiente. Hubiérase dicho que la niebla misma cristalizaba, se acrisolaba para engendrar forma, movimiento y color. Asistíamos al nacimiento de seres de luz. Conmovidos comentábamos, emitíamos gritos de asombro, gozábamos como quien asiste a una revelación.
En tantos años de lecturas diversas no he topado con un explicación del caso, ni siquiera con un relato semejante, y todavía no sé si vimos algo que nace del concierto de las fuerzas físicas o padecimos una alucinación colectiva de las que estudian los psicólogos.