La gloria y el ensueño que forjó una patria,…

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La guerra se encuentra estancada. El impulso que le había dado el ejército norteño liberal en los meses anteriores se había frenado. Los conservadores dominaban el centro, los liberales la periferia, lo que constituía una desventaja, porque era difícil integrar y conectar las fuerzas, mientras que los mochos giraban en torno a su eje en la capital de la República. El jefe del Estado Mayor, general José Mariano Salas, reportaba que al iniciar 1859 había 18 082 hombres en el ejército conservador, que a lo largo del año aumentaron hasta 21 934 (15 510 de infantería y 6 424 de caballería), y llegaron en octubre a 24 505 hombres, sin contar la brigada Castillo, un aumento a la división Woll y algunas fuerzas de Jalisco. Para enfrentarlos los rojos cuentan con el ejército del centro de Santos Degollado, que puede llegar a los 6 mil hombres; la división norteña, que podía reunir 4 mil hombres; las tropas de González Ortega en Zacatecas, que aunque cuenta con 1 600 hombres armados y trae más de 3 mil que lo siguen sin armas; la guarnición de Veracruz, con millar y medio de combatientes más, y decenas de guerrillas y fuerzas irregulares que podrían sumar otros 8 mil hombres mal armados y aislados a lo largo del país. En resumen, unos 22 mil combatientes, cuya mayor debilidad era la fragmentación y su mayor virtud la perseverancia.

Para Santos Degollado el mayor problema era el conflicto con Vidaurri. Tras los sucesos de Tacubaya, obsesionado por lograr el control del ejército republicano, Vidaurri ordenó a los norteños se replegaran a Nuevo León (luego lo haría por decreto), y propuso a varios gobernadores unificar los ejércitos bajo el mando de Zuazua, o sea bajo su dominio. El 17 de agosto se reunieron en la hacienda de Bocas en San Luis Potosí los más notables jefes norteños (Zaragoza, Blanco, Aramberri, Escobedo, Naranjo, Treviño) para ver si seguían las instrucciones de la Presidencia y permanecían bajo el mando de Santos Degollado o se subordinaban a Vidaurri y se retiraban hacia el norte. El decir de Zuazua era que Santos Degollado les había ofrecido víveres, aunque tardarían dos meses en llegar, y entre la tropa pesaba el que se les había ofrecido volver a casa tras la campaña, pero no fueron argumentos que convencieran. Todos, menos Zuazua (y Quiroga, hijo ilegítimo de Vidaurri, que no fue invitado a la reunión y mandaba una brigada de caballería), estuvieron a favor de mantenerse bajo Santos y el coronel norteño se tomó licencia y regresó a Monterrey, perseguido por los rumores que Guillermo Prieto había difundido de que era un corrupto. Quedó al mando Ignacio Zaragoza, que envió al norte a Escobedo para negociar con el caudillo, mientras Miguel Blanco estuvo a punto de desarmar a las tropas de Quiroga.

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