Lenin by Leon Trotsky — Read

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En la literatura soviética es actualmente casi una regla presentar la tendencia revolucionaria de los hermanos Ulianov como resultado de la influencia del padre. Tal es el mecanismo de la leyenda. Cualquiera que haya tenido en el pasado relaciones con la familia del director de escuelas primarias, ha estimado su deber, en estos últimos años, exponer en la prensa de manera retrospectiva, sus ideas sobre el carácter revolucionario de la familia. Del mismo modo que en la literatura cristiana, no sólo los santos, sino también, si es posible, sus antepasados son adornados con los atributos de la más grande piedad, así los evangelistas moscovitas-bizantinos de estos últimos tiempos juzgan como inadmisible ver en el padre de Lenin únicamente lo que fue, es decir, un funcionario abnegado de la instrucción pública. ¡Es inútil! Nadie reclama del padre de un poeta que haya poseído dones poéticos y el padre de un revolucionario no está obligado a ser un conspirador. Ya está bien si los padres no impiden a los hijos que desarrollen sus dotes naturales. Pero el biógrafo, en general, nada exige de los padres. Debe mostrarlos tales como eran. ¿Qué lecciones se pueden, en efecto, sacar de una biografía si ésta peca por la base, respecto de los hechos? «Ilya Nikolaievich consideraba con mucha simpatía el movimiento revolucionario»; la casa de los Ulianov en la calle Moscú era, al parecer, algo así como un club político; en los debates sobre temas revolucionarios, «Alejandro daba el tono pero Vladimir también -¿podía ser de otro modo? - participaba a menudo en las discusiones y con mucho éxito». Un escritor tan autorizado como el difunto Lunacharsky ha declarado que Ilya Nikolaievich «simpatizaba con los revolucionarios y educaba a sus hijos en el espíritu revolucionario». Un paso más y encontramos que Lenin estaba «emparentado con lazos de consanguinidad, a través de su padre y de su hermano, con los revolucionarios de antaño, la Narodnaia Volia». Con estupefacción nos enteramos, por la hija menor, M. Ulianova, que Ilya Nikolaievich «había formado» a los nuevos cuadros de maestros primarios «en el espíritu de los años ‘60 y ‘70». Está fuera de dudas que su enseñanza haya sido útil en la medida de su relación con las ideas progresistas de los años ‘60 y ‘70. Pero la historia del pensamiento social ruso acostumbra a entender por tales, a las ideas del populismo revolucionario. Éstas indicaban: ruptura con la Iglesia, reconocimiento de la doctrina materialista, guerra implacable a las clases explotadoras y al zarismo. No era posible semejante educación en las escuelas normales, aunque el mismo organizador compartiese «las mejores ideas de los años ‘70». Pero él no las compartía en absoluto. Estaba en la naturaleza de Ilya Nikolaievich aportar un piadoso celo a la educación, que no excluía, sin embargo, su fe en la eucaristía. No se puede explicar esto mediante vanas referencias a «la época»: los espíritus avanzados, no sólo de los años ‘60 sino incluso de los años ‘40 eran ateos y socialistas utópicos. Ilya Nikolaievich no tenía ninguna afinidad con ellos, tanto por el carácter de su actividad como por su manera de pensar. Esto se puede notar sólo con el hecho que desde el comienzo de su actuación como inspector llamaba diligentemente la atención de sus superiores sobre la falta de devoción de los sacerdotes en la enseñanza del catecismo. Los maestros que pasaron por los cursos de Ulianov se revelaron, según testimonios dignos de fe, como los mejores maestros de la provincia, pero en la historia del movimiento revolucionario ninguno de ellos tuvo ningún papel. Las ideas de Ilya Nikolaievich y sus discípulos no eran las ideas revolucionarias de Chernichevsky, Bakunin y Jeliabov, sino las moderadamente liberales de los pedagogos divulgadores de la cultura: Pirogov, Uchinsky, el barón Korff. No obstante, incluso en la carrera pedagógica había, en aquellos años, revolucionarios; Ilya Nikolaievich había tenido, durante el primer período de su actividad como maestro, estrechas relaciones de trabajo con algunos de ellos. Pero ninguno fue retenido en su puesto, todos fueron excluidos de la enseñanza. Así sucedió con uno de los profesores del Instituto aristocrático de Penza, que se permitió pronunciar un discurso de oposición en la ceremonia anual de 1860. Semejante proeza o bien semejante «divagación» no hubiera podido jamás pasarle por la cabeza a Ilya Nikolaievich. Ya en 1859 recibía, «por sus excelentes servicios y su dedicación» 150 rublos de gratificación. Un senador encargado de una investigación lo señala luego como «cumpliendo a conciencia sus funciones». Tres años más tarde, un nuevo inspector, altamente calificado, al expresar una opinión desfavorable sobre cierto número de maestros, habla elogiosamente de Ulianov. Al año siguiente, 1863, cuando, respecto de la insurrección polaca, el general ayuda de campo Ogarov indaga entre los maestros de las provincias del Volga, en busca de los engranajes de la sedición y llega a la conclusión de que «el espíritu de negación e incredulidad» tiene por centro a la universidad de Kazán, Ilya Nikolaievich, alumno del alma mater contaminada, sigue como antes bien calificado. Tres años más tarde, además, en el proceso de Karakosov figuraba entre los acusados uno de los colegas y amigos de antaño de Ulianov. En cuanto a éste, tampoco en esa ocasión fue objeto accidental de una sospecha inmerecida; su mentalidad religiosa trazaba a los ojos de las autoridades y con entero acierto, una segura línea de demarcación entre él y el mundo de los sediciosos. Así, desde el comienzo de su actuación, en sus años de juventud y de soltería, Ilya Nikolaievich se mantenía rigurosamente dentro de los límites de sus funciones de pedagogo. En ninguna parte y de ninguna forma se mostró inclinado a lanzarse por la senda prohibida.

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