1905 by Leon Trotsky — Read

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El difunto general Dragomirov, en una carta particular, juzgaba así al ministro del Interior Sipiaguin: «¿Cuál puede ser su política interior? Es sencillamente el montero mayor de la Corte y, además, un imbécil». Esta opinión es tan justa que puede excusarse el giro groseramente amanerado del militar que la formuló. Tras Sipiaguin, vimos en el mismo puesto a Pleve, después al príncipe Sviatopolk-Mirski, después a Bulygin, después a Witte y Durnovo. Unos se distinguían de Sipiaguin solamente en que no eran monteros mayores de Su Majestad o en que a su manera eran inteligentes pero todos, uno tras otro, salían del escenario dejando tras de sí la perplejidad inquieta de los amos de arriba, el odio y el desprecio del público. El montero mayor de la triste figura o el delator profesional, el señor brutalmente benévolo o el especulador sin fe ni ley, todos se presentaban con la firme intención de acabar con las perturbaciones, restituir el prestigio perdido del poder, salvaguardar las bases del Estado y todos, cada uno a su modo, abrían las esclusas de la revolución y eran arrastrados en su corriente. Las perturbaciones se desarrollaban con una poderosa regularidad, ensanchaban inexorablemente su alcance, fortalecían sus posiciones y arrancaban los obstáculos que se oponían a su paso; y, sobre el fondo de esta gran obra, ante su ritmo interior, ante su inconsciente genialidad, aparecían los hombrecillos del poder que promulgaban leyes, contrataban nuevas deudas, disparaban sobre los obreros, arruinaban a los campesinos y, como resultado, sumían cada vez más al poder que querían salvar en una furiosa impotencia.

Crecidos en la atmósfera de las pequeñas conspiraciones de cancillería y de las intrigas de despacho, donde la ignorancia impúdica rivaliza con la perfidia, sin idea alguna de la marcha y del sentido de la historia contemporánea, del movimiento de las masas, de las leyes de la revolución, provistos de dos o tres pobres ideas, de miserables programas destinados a informar sobre todo a los bolsistas de París, estos hombres se esfuerzan por unir a procedimientos dignos de los grandes favoritos de la corte en el siglo XVIII las formas propias de los «hombres de Estado» del occidente parlamentario. Con humillantes coqueteos, satisfacen mediante entrevistas a los corresponsales de la bolsa europea, exponen ante ellos sus «planes», sus «objetivos», sus «programas», y cada uno de ellos expresa la esperanza de poder resolver finalmente el problema que ha agotado sin resultados los esfuerzos de sus predecesores. ¡Si solamente fuera posible apaciguar la sedición! Comienzan de forma diferente, pero terminan todos por dar la orden de disparar sobre los sediciosos. Lo que les espanta, es que la sedición no muere, que es inmortal. Y todos terminan en un hundimiento ignominioso y, cuando un terrorista no les hace el servicio de liberarles de una prensa existencia, son condenados a sobrevivir a su descrédito y a ver la sedición, poderosa y genial como las fuerzas de la naturaleza, emplear sus planes y sus objetivos para alcanzar la victoria.

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